Por esas puertas que se cierran, / se abren… / Son puertas que a lo largo del alma golpean. / No me hables de esas puertas, amigo, no me hables, / porque yo les conozco sus goznes, coronados de ira, / sus barrotes limados por el cielo, /
Eunice Odio
Recuerdo de mi infancia privada
DOS PROLEGÓMENOS PARA UNA CANCIÓN
1
En mi oído se reclina el agua.
No se desploma, no,
que tiene mi corazón
anchas ventanas,
y en mi oído
reclinada,
el agua,
corre
por dentro
y canta.
2
Se oye agua reclinándose
en el musgo.
Es la semilla alegre
del agua
que descansa,
o el día hilando
el pequeño desnudo
de los pájaros.
Se oye el cristal agreste
desatando en el alba
su corriente,
es el rocío que hiere
con su pata celeste…
…escucha
se ha quedado sola como mi desnudez
la rama.
Es que regresa el aire la azucena,
es que cae al aroma,
¡calla!
que en mi oído reclinada
el agua
canta.
LA CLASE DE MATEMÁTICAS
El maestro recostado en un coseno
tira entre un lirio un radical pequeño,
y el lirio eleva a quintas dimensiones
su número impreciso, en la madera.
Mil números tirados en el aire
forman letreros, sumas, alfabetos,
letreros del clavel desintegrado,
alfabetos de química en bandera.
Un seis y otro seis, equivocados,
juntan su atroz figura en un cuaderno,
lápices,
lapiceros
y compases
sufren entre las puntas de los dedos
un luto de ecuaciones y vergeles,
y por la sien resbala como un eco
un cataclismo roto de papeles.
Gestos de sí, de no,
anotaciones hechas en la niebla,
aclaración mayor en las pizarras,
duda tenaz entre la ceja izquierda
y la esperanza en puntas desvistiéndose.
Cambia de sitio el nueve contra el cuerpo,
el cero sulfuroso se apresura,
aguijonean al uno de los escépticos,
se alegran de su forma las esferas,
y se descuelga el rombo a la pirámide.
el pentaángel tiembla detrás de los quebrados,
y un dos de nieve pierde sus cándidas potencias
a la orilla perfecta de su doble.
Corre la dimensión hasta su borde.
gestos de sí, de no,
lamen la lengua de las espirales,
refractan los azules sus dos piernas,
los poros duelen, queman las pestañas,
onces de alambre acuden por el aire,
siete desconocidos se adelantan,
con dulce pie de átomo de siete,
igual a gota de uno, igual a cero niños,
a tres nubes multiplicadas por el oro.
Los noventas escapan viento adentro
hacia las mariposas y las tardes,
el corazón de un digito
se para en el cuaderno
y un diez redondo clama contra el muro
aclaración mayor en las pizarras;
mueren de atroz blancura las paredes,
alisan su furor las progresiones,
cambia el cielo de rumbo,
de corazones las equivalencias,
de dueño el día,
de longitud los átomos.
¡Qué fracaso tan alto contra el sueño!
¡Qué sueño tan metódico el del caos!
Managua, mayo de 1946
ESTA MAÑANA HE AMANECIDO “ALEGRE”
Esta mañana he amanecido “alegre”.
Me acudió la alegría como si fuera yo
pajarera recóndita
en no sé qué lugar de este momento,
en no sé qué pequeño océano inédito
por donde iba a pasar y no sabía.
Ahora visito,
casualmente,
un museo para pájaros menores,
donde un ángel atento
con su dedo meñique abre las ramas
y legisla en el fruto azucareros,
medios tonos de sol
y blanca vena
para la falsa luz,
y el falso peso de oro,
debajo del verano y la arboleda.
¡Ah, qué alegría purísima
para ponerla sobre el campanario
custodiada de acuarios y violines!
¡Qué alegría para mí que no me siento
llorando íntimamente en mi memoria!
Puesto a secar mi corazón al viento
(mi corazón con medallitas blancas
para ponerle al parque espejos),
mi corazón de nuevo caballista,
y al otro lado del perfil un pájaro,
con fondo de crayón y equilibristas.
¡Ah, qué alegría, de día, de mano en mano,
desembocando por mis cuatro esquinas!
MI CIUDAD, A 11 GRADOS DE LATITUD NORTE
Alguien, algo me espera,
A 11 grados de latitud norte,
allá en una ciudad
donde alguien me dio una cita
con renovado acento,
pero olvidó su nombre por mi nombre.
Esta ciudad (diría diurna
por no decir su horario masculino,
sus dorados temblores escolares),
donde los municipios alistan nuevos astros,
para la alta intemperie de la noche y el árbol.
Mi ciudad, a 11 grados de latitud norte,
donde a sollozo y medio se cotizan los líquidos,
y la alegría en mi cuenta corriente de alborozo
sube a solvencia de isla,
a filiación innata de acuarela o crepúsculo.
Es casi imposible no amarla desde lejos.
De cerca es otra cosa.
A través de una rosa escucho
y la ciudad ausente se aproxima a sus ruidos:
a las cinco
los parques organizan sus pálidos sonidos,
su corazón en víspera de nácar,
sus trámites profundos con el aire,
y las ancianas tiemblan
viento abajo y reducen
como fragantes mapas de otoño y mediodía,
importando sus nidos personales,
sus islas.
Sí, sí,
letras de sí por la ciudad,
su alondra en masa cabe en toda lumbre,
la tarde se acomoda sus vísceras eólicas,
sus nubes naturales,
su inmediata vigencia de perfume.
La tarde es un gran cuenco de repique,
yo un manso equilibrista de bolsillo,
un mecánico suelto entre palomas…
Y mi pálido fantasma cristalino se para,
depone su ala única, sus tránsitos boreales,
me pongo mis desnudos usuales,
mis profundos cabellos
y están los edificios en flor
y todo en regla:
los bares en que el humo, al pasar y mirarse
en vidrieras y espejos,
cree que se desfigura caminando
y que nacerá entero en la próxima aurora:
las mesillas de pulpa con flores y papeles
donde el verano acampa sus geranios y sombras
y pulsan los muchachos hondas faldas terrestres.
Si llegara
todo estaría en punto:
los planetas,
los frutos,
la campana que aprende sus altas zonas de agua.
Si llegara…
…pero no llegaré
hasta que se despeñe con una sola voz el tiempo
y sople con hondos pómulos anuales
en mi ciudad, a 11 grados de latitud norte.
Es casi imposible no amarla desde lejos.
De cerca es otra cosa.
Guatemala, octubre de 1947
PEQUEÑA RECEPCIÓN DE UN AMIGO A SU LLEGADA A PANAMÁ
Lo sigo,
lo precedo en la voz
porque tengo,
como el humo en despoblado,
vocación de acuarela.
Cuénteme
cómo son ahí las cosas de consumo:
libros,
rosas,
tintineos de golondrina.
Aparte de todo eso
le pregunto
por los mangos geológicos
bordeándolo de pulpa,
y por un río nuevo,
sin mirarlo,
con pueblos de sonido
y longitud de Arcángel.
Dígame algo también sobre el pequeño litoral
donde recientemente el día,
como un celeste animal bifronte,
acampó en dos acuarios
y se llenó de peces.
O si lo recibieron unánimes los árboles
como cuando eligieron a la primera alondra del año
y el día de florecer.
Resúmame ahora que tiemblo
benignamente
detrás de una golondrina,
ahora que me proponen públicamente
para desnudo de mariposa
y estoy como las rosas
desordenando el aire.
RECUERDO DE MI INFANCIA PRIVADA
Por esas puertas que se cierran,
se abren…
Son puertas que a lo largo del alma golpean.
No me hables de esas puertas, amigo, no me hables,
porque yo les conozco sus goznes, coronados de ira,
sus barrotes limados por el cielo,
su tácito desvelo en las noches más altas,
por donde algunas veces transcurrió nuestro amado
como a través del grito duele hasta el hueso el alma,
con temblor de pesado miembro,
oscuro y prohibido.
Yo he pasado a toda hora
por esas puertas húmedas que se cierran, se abren,
y he reído hasta el hombro
de sentir sus profundos maderos alterados,
porque pasaba un niño coral entre pañales
como ríos de cisnes sin contornos.
Pero también recuerdo
debajo de mi infancia,
en un secreto abril con habitantes,
con océanos,
con árboles,
una puerta azul de carpintería
por donde algunas veces comenzaba mi madre,
empezaban sus labios,
sus brazos que partían de las olas,
su voz en que cabía la tarde
y apenas mis dos piernas corrían
desordenando el aire.
Ahora la recuerdo
con mis beligerancias infantiles,
puerta de piedras jóvenes,
mi madre
con sus pasos de ternera boreal,
traspasándola,
se incorporaba a la semana
ciñéndose el perfil,
la trenza,
la memoria,
la cintura en escombro de paloma,
y me buscaba
entre los habitantes de ese abril
con océanos,
con árboles,
y yo corría,
corría,
con mis piernas de niña
para ser hallada en la voz
en la tarde.
Guatemala, noviembre de 1947.
-De Zona en territorio del alba
***
Eunice Odio
(San José, Costa Rica, 1919 – Ciudad de México, 1974) fue una de las voces más originales y renovadoras de la poesía latinoamericana del siglo XX.
Poeta, ensayista, narradora, periodista y traductora, desarrolló una obra marcada por el simbolismo, el surrealismo, la espiritualidad y una intensa exploración del cuerpo, el amor y la naturaleza.
En 1947 obtuvo el Premio Centroamericano de Poesía «15 de Septiembre» por Los elementos terrestres, publicado en Guatemala en 1948.
Vivió en Guatemala y, desde 1955, se estableció en México, país donde desarrolló buena parte de su actividad literaria y periodística.
Su poesía se caracteriza por un lenguaje visionario, imágenes de gran riqueza sensorial y una profunda dimensión metafísica.
Entre sus principales libros destacan Los elementos terrestres (1948), Zona en territorio del alba (1953) y El tránsito de fuego (1957), considerada su obra maestra.
También publicó El rastro de la mariposa (1969) y Territorio del alba y otros poemas (1974), aparecido póstumamente.
Su obra en prosa incluye ensayos, crítica literaria y de arte, cuentos y textos periodísticos.
Eunice Odio murió en Ciudad de México el 23 de marzo de 1974.
Hoy es considerada una figura fundamental de la poesía costarricense, centroamericana y latinoamericana.