Nostalgia y ternura del amor - Victoria León

En la obra de la española Victoria León (Sevilla, 1981) se rastrea la mejor tradición de la poesía meditativa andaluza, desde Bécquer, Machado, Juan Ramón Jiménez y Cernuda, junto a la impronta de Platón. Virgilio, la Biblia, Dante, san Juan de la Cruz, César Vallejo.

Nostalgia y ternura del amor - Victoria León
Victoria León. Fotogtafía de la autora © Luis Serrano. Fundación Lara




Por Valentín Navarro Viguera

 

            En la obra de la española Victoria León (Sevilla, 1981) se rastrea la mejor tradición de la poesía meditativa andaluza, desde Bécquer, Machado, Juan Ramón Jiménez y Cernuda, junto a la impronta de Platón, Virgilio, la Biblia, Dante, san Juan de la Cruz, César Vallejo, además de la paradoja barroca y del pensamiento filosófico existencialista. Ya he dicho en otro lugar que estamos ante una de las poetas que con mayor naturalidad y hondura construye el verso en lengua española. Añadamos ahora que su obra es uno de los cancioneros amorosos que merecen más la atención de cualquier lector de poesía. Su poesía puede quedar sintetizada con el poema «Amo, amas» de Rubén Darío, donde nuestro mayor poeta propone «amar siempre, con todo». He aquí la ética que destilan sus versos, que caen al alma como gotas de verdad en el lector, como una lección de vida por parte de aquella que ha transitado la escarpada senda del amor.

La poesía de Victoria León es puente entre dos nadas, la del yo y la del mundo; la luz de la poesía redime de inhóspitos parajes existenciales. Está construida con palabras-islas, independientes entre sí, pero con un potencial individual que hace que cada una de ellas resuene por sí sola. Quedan vibrando en la conciencia del lector para después evocar la imagen referida. Ahora bien, como pieza de un todo, se inserta musical en la unidad de la composición. La sonoridad de este verso se debe principalmente a las elegantes y sutiles aliteraciones y armonías vocálicas. Escuchar estos versos es dejarse llevar por la mesura dulce de la musicalidad de las palabras.

            Habla de la plenitud del amor, de lo que nos hace esencialmente humanos, además del dolor. He ahí la ecuación perfecta: dolor + amor = vida. Somos homo amans en el camino de la vida, donde nos encontramos a veces con nosotros mismos y otras con aquel que nos empuja en el borde del abismo o nos regala su mano para hacernos regresar del vértigo de la existencia. Toda la obra de Victoria León es la expresión poética de aquello que nos comporta y nos importa, lo que portamos dentro. Somos seres de amor y muerte, de caída y elevación; somos seres antitéticos, sin posibilidad de evasión. El amor es la plenitud, aquello que llena, frente al vacío de la soledad.

            Se trata de un amor erótico, basado en la belleza física y en la pasión, como una atracción irracional. Es, por ello, un amor platónico, un ideal. Proclama la necesaria victoria del olvido de un amor, para no seguir ardiendo en el fuego de las flores.

            Secreta luz (Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado, Fundación José Manuel Lara, 2019) es un libro de regresos y nostalgias, lo que demuestra el conocimiento profundo de la literatura clásica, en la que el nóstos es, etimológicamente, el dolor de la vuelta al hogar.  Canta la poeta con su poesía meditativa, de honda raigambre andaluza, su particular descenso a los infiernos y el viaje de regreso a la vida misma, sin más calificativo, sin más trascendencia que la del que porta la tímida llama de la memoria, como una «secreta luz», que ilumina la oscuridad que le envuelve. Pero de aquellos fuegos, estos rescoldos o mínimas huellas, vestigios de una pasión que apenas sí brilla. Los recuerdos son el billete de entrada al territorio fronterizo de lo fantasmal, al nebuloso reino de la imagen recreada, que linda con los sueños.

            La voz poética se presenta con cariz de héroe que intenta tomar el pulso a todo el amplio espectro emocional del amor, con sus luces y sus sombras. Como si de un manual o arte amatorio se tratase, la poeta indaga en ese dolor que es vivir portando la llama y la herida de amor. Podría decirse que es un estudio existencialista del amor. En primer lugar, la vida es esencialmente compartida; es contingente y está sujeta a las decisiones que tomemos; apela a la autenticidad; plantea el absurdo de la existencia, que nos precipita a abismos insondables y produce vértigos. El ser, caído en la existencia, arrojado al mundo, comienza a escribir una historia plural, junto a otras soledades. Y, sin embargo, la salida del laberinto amoroso estará en la plenitud del yo como ser independiente que no abandona la esperanza de que este instante presente sea válido por sí mismo. El sinuoso camino del amor siempre merece la pena, aunque el sendero sea escarpado y la carga abrume, es decir, asombre o cubra de sombras y oscuridad aquello que fue luz. La heroicidad del sujeto poético consiste en vencer todos los obstáculos que el amor le presenta. Cuando la pasión se apaga, queda el vacío, un fuego extinto que enmudece en los páramos del olvido. Este es un silencio extraño, como el de la paz. También es propio del pensamiento existencialista de Victoria León la idea de que es el ser humano el autor de su propio ser y estar en el mundo. Cada cual recibe múltiples estímulos y cada uno lo asume de una forma distinta. El ser humano, contingente per se, está condenado a elegir y tal elección es lo que va a determinar nuestro destino. A todos nos alumbra la luz de un nuevo día, pero, «de nosotros depende recibirla o dejarla vagar hacia la noche».

            La vida es sueño y la poeta quiere, como Segismundo, no despertar a las sombras soñadas. Se siente cómoda en la llama, que hiere, de la memoria. Soñar es vivir o revivir los días idos y las historias pasadas. Y soñar es crear o recrear. El paisaje, así, es dantesco por la continua sensación de ser el único personaje real de sus fabulaciones; las escenas están disueltas en una atmósfera nebulosa que confunde (funde con) los límites temporales y las entidades tangibles. Los recuerdos de hoy son los fantasmas del ayer. La poesía se hace imaginación, capacidad de habla o fábula (del latín fabulari), lo mismo que una fotografía rescata, inmóvil, el pasado.

            Ser es ser-con los otros. La soledad aísla, distancia, enfría la vida, que debe ser vida compartida, que es la de dos que se aman en silencio hasta la eternidad. Si amas o has amado hasta los huesos, vives, aunque sea una vida contingente, de lo que pudo haber sido si la historia hubiese sido escrita de otra manera. La caligrafía del tiempo suele narrar los caprichos del destino.

            Asistimos a un ahondamiento que bucea en la memoria para rescatar la niñez y la juventud, en aquel tiempo cuando la vida era el patio de rosales de la abuela, el brillo de la playa de Santander o los fuertes golpes secos vallejianos de la muerte, que destierran la inocencia para siempre. Próxima al existencialismo, la vida es absurda en tanto que la muerte nos acompaña y nos entraña, como una armonía de contrarios acordados. El tiempo es el exilio del presente en un onírico pasado, que alienta e ilumina a la vez que condena y fulmina. El recuerdo, pues, es la imposibilidad de lo vivido, si no es por la recreación ficcional de lo que fue. Es el territorio de la ausencia, que hiere de soledad y silencio, así como el de la incomprensión y el vacío. Son preguntas sin respuestas que asaetan la conciencia o la vida sin por qué ni para qué, como un inmenso interrogante que queda suspendido, como la espada de Damocles, sobre nuestras cabezas. Y el tiempo nos va modelando a su antojo, hasta hacernos irreconocibles. De ahí que a la tercera parte de Flores de fuego (Fundación José Manuel Lara, 2023) la nombre como «No soy quien fui», pues somos Nadie en mitad de otros Nadies.

            El paraíso pedido de la infancia, el tiempo del juego y de la espera era el no tiempo o la ausencia de la conciencia del mismo. En «aquel lento vivir sin un pasado», los niños se alzaban de puntillas para rozar con la yema de sus dedos la eternidad. Pero aquel tiempo se marchitó como flor de un solo día. Entre las muchas lecciones aprendidas del pasado, la poeta nos regala su conocimiento de sí misma, que lo eleva a categoría universal. Así, leyendo a Victoria León aprendemos la titánica tarea de levantarnos después de las caídas y que el sinsentido de la existencia es un hondo pozo de nostalgias y melancolías al que descendemos más y más en una única dirección. Todo depende de la voluntad de cada uno para interrumpir el viaje hacia la angustia y comenzar el ascenso hacia la luz. Al final del trayecto, vemos la vida, desnuda y bella, mientras que atrás quedan las Eurídeces del pasado, deshaciéndose en sombras hacia la nada.

            Esta poesía es búsqueda o conocimiento de sí mismo y, también, una invitación a atreverse a saber. Sucede, sin embargo, que la revelación de la verdad desnuda es cruda y duele. El dolor se instala en la verdad, quita la venda de los ojos y muestra la realidad tal cual es. Como en Platón, el prisionero de las sombras quedará deslumbrado por las ideas puras, que ciegan de tanta luz. Poco a poco se irá a costumbrando a ese fuerte resplandor, ya lejos de falsos reflejos. Si la poesía de Victoria León es interesante, se debe a que ha tenido la deferencia de mostrarnos todo el largo camino que nos conduce a la adecuación entre el pensamiento y la experiencia, la armonía entre lo que se dice y lo que se hace. Cada lector, en el mejor de los casos, ha pasado por ese proceso de descubrimiento de su identidad, basado en las pruebas que la vida nos pone: unas huelen al cuerpo del amor y otras al alma desleída en la muerte.

            En suma, es una poesía que va a expresar la travesía en busca de la autenticidad, que siempre ronda los preceptos básicos de la verdad, la belleza y la bondad. Algunos poemas expresarán el escepticismo machadiano «de esta segunda inocencia, / que da en no creer en nada». Digamos que, si la vida es un teatro, el sujeto poético se descubre y deja de participar en la mascarada social de aprobaciones, envidias y desengaños. Como Hierro, nuestra poeta llega a la alegría por el dolor, lo que solo es posible cuando está convencida de que ya no quiere ser más la esposa de Lot (Génesis 19:26), es decir, cuando quiere dejar en el pasado lo que fue pasado y una pesada carga para el presente: «Pero nada peor que convertirnos / en estatua de sal que nada siente». Victoria León redacta una partida de defunción de los yoes que quedaron atrás, en el pasado, como amante y amada de todo aquello que acaba impregnado de soledad. Decía Machado; «y no es verdad, dolor, yo te conozco»; del mismo modo, la poeta sevillana encuentra a la soledad «al final de todo lo que amé».

            «Alma del mundo», cuarta y última parte del Flores de fuego, es la luz de la esperanza que deja la sombra vencida. Es el triunfo del amor, que entra platónicamente por la mirada como un rayo que sajara en dos la angustia, para dejarla fulminada, sin vida. Porque la vida de la dicha es vida compartida, mientras que su antítesis, la soledad, le ha permitido, de forma heroica, llegar renovada (hecha otra distinta a la que fue) y con el elixir de la esperanza guardado en lo más profundo de su corazón. Es un canto de resurrección que, al escuchar el nombre amado, alza el alma del mundo. Nombrar es crear la temperatura emocional para que prenda, con Octavio Paz, la doble llama del amor y del erotismo. Ya en una de las citas iniciales del libro lo decía, a través de la cita de Virgilio: «Agnosco veteris vestigia flammae».

            La poesía de Luz de la noche (Premio Hermanos Argensola, Visor, 2025) es una aventura. Ella, poeta, heroína, homo viator, emprende el descenso al abismo interior en cada uno de sus libros. Es un viaje, pues escribir poesía es transitar la noche de los días portando la luz de la palabra. Cada poema es un regreso o el dolor por el deseo del regreso -una nostalgia- a la casa del ser, que ilumina con el farol del verso. En la poesía habita y en ella se queda a vivir, como consuelo, meditación y elemento que reordena la gratuidad de la existencia: paraguas que protege de las mil puntas de lluvia con que atiza el absurdo, la voz de la poeta es el silencio.

            La madurez muestra los caminos ocultos de la aceptación del renacer de lo nuevo entre los escombros de lo viejo. Y, sin embargo, no hay resignación, sino esperanza y verdad, porque «vivir / es ver amanecer sobre unas ruinas». La desilusión es aquí el reflejo de la realidad, que queda hecha añicos, y posteriormente recompuesta, como pequeñas teselas que conformaran el alma quebrada y restituida de la poeta. Ese mosaico acaba mostrando la cara de «los héroes» cotidianos que pisan con pie firme sobre la líquida superficie de las apariencias. La unidad lograda tiene su máxima expresión en el amor, que también forma parte del viaje hacia el reencuentro con la autenticidad de llegar a ser uno mismo. Sucede, en cambio, que encuentra en el otro la plenitud de la existencia, completando así la imperfecta esfera platónica con la unión de su otra mitad.

            El hallazgo de la verdad, esa «agua clara que fluye hacia la vida», corrobora la finalidad de esta escritura poética. Cada cual lleva una voz interior que no sabe de normas ni prejuicios, sino que responde a los susurros del corazón. Frente a las limitaciones de lo prestablecido, nuestros deseos reflejan, mejor que nada, quiénes somos y, sobre todo, quiénes queremos ser. Como animales insatisfechos, encontraremos la perfección en la materialización de nuestros sueños, cuando la libertad de los deseos se impone sobre el dogmatismo de la realidad. La antítesis cernudiana es el nudo gordiano de la poética de Victoria León, que será cortado con las tijeras de la autenticidad del ser. El mundo, así, deja de ser un teatro o un reality. Al prescindir de apariencias, posturas y postureos, de lo políticamente correcto y esperado, el alma de la poeta rompe su camisa de fuerza y vuela en libertad. Es cuestión de atreverse, de dar el paso, pues hay que ser valiente para ver más allá de la primera capa con que está envuelta la realidad.

Tu deseo es deseo:
no tiene que mentir sobre sí mismo.

            La luz ilumina la existencia del otro. La luz es reveladora de la verdad, de que el otro existe tanto como el yo. Y la ternura debe ser quien entrelace las manos de ambos. La relación cordial (de corazón) trasciende la coartada de los intereses y los egoísmos personales. El don de la entrega abre el campo del heideggeriano Mit-sein (ser-con) como ser-en-el-mundo (Dasein). Dede su primer libro, la ternura es protección frente a los usurpadores del don del darse a los otros como un sí-mismo, es decir, tal como es cada cual y no como esperan otros que seamos. Pero para que la ternura fructifique es necesario, como decía Heidegger, que tengamos tiempo, que nos tomemos tiempo para darnos al otro. La celeridad y el utilitarismo hacen daño a la esencia del ser. El amor es lento y desplaza a los amantes (extásis) fuera del tiempo, anulándolo. De ahí que el amor que propone el pensamiento poético de Victoria León sea un amor sereno, sosegado y tranquilo, capaz de mirar a los ojos y quedarse a vivir en la mirada amorosa del otro. La ternura es la lucha de David contra Goliat, la revolución mínima que puede el hombre contra la deshumanización y el hogar que calienta contra el frío de la noche de la existencia.

            También es platónica la definición del amor como asombro, es decir, como un descubrir o un impulso del deseo de saber la verdad y la creación de un espacio ontológico para que brote tal deseo «en esta paz perfecta de dos cuerpos». La corporeidad es necesaria en el amor, el contacto erótico enciende el deseo, la pasión; aunque, sin amor o ternura, se convierte en mero intercambio carnal, objetualizándose los amantes. Pero la chispa que produce el abrazo amoroso enciende el fuego y, entonces, «arde la noche»: ignis amoris. A veces, el encuentro se produce en la memoria, que ilumina el presente como un leve rescoldo que el frío del olvido acabará consumiendo, apagándose no solo el otro sino también, con él, el sujeto poético. Porque el amor es siempre cosa de dos. Terminará cantando la poeta al amor como un ideal que sobrevive a los amantes. Por encima de ellos, como fuerza del destino, se impone sin solución. Y es que el amor es ese rescoldo que queda en mitad de la noche e ilumina la soledad de la amante, quien sabe que un soplo de aire alimenta la llama de amor viva que nunca termina de apagarse. Podríamos decir, como Bécquer dijo de la poesía, que podrá no haber amantes, pero siempre habrá amor.

            Luz de la noche es, desde el título, una paradójica oda al amor. Queda resuelta la antítesis de los elementos contrarios por la suspensión temporal, que trasciende el tiempo lineal para dar entrada al tiempo mítico del «eterno retorno», título del último poema. No se trata de un canto a la experiencia amorosa pasada, a modo de elegía, ni de un presente que evoca el roce de los dedos del pensamiento (como los rosados dedos de la aurora homéricos) al contacto con los días idos; tal vez tampoco sea el amor futuro o esperanza. Parece más bien que, a pesar de sus poliédricas caras y de su carcaj cargado de contradictorias flechas, siempre triunfa porque somos seres de amor.

Tú.
Sanador
que destruye,
destructor
que sana.




*



Poemas de Victoria León




REGRESO


Volví por ti del hielo y de las llamas,
atravesé los ojos de las Furias
y alcancé la otra orilla de la Estigia.
No renuncié a la sed de mi nostalgia;
beber no quise el agua del olvido
ni abandonar tu sombra al otro lado.
Mil veces regresé. Me enfrenté sola
al bosque oscuro y sus atroces monstruos
por recobrar la senda entre la niebla
que mueve el sol y esconde los infiernos.

[Secreta luz, Vandalia, 2019]




EL FONDO

a Luis Alberto de Cuenca

Lo hice tantas veces.
Escuchar el Adagio
de Barber hasta el límite
atroz de la tristeza
esperando que el pecho
me estallara; gritar
encerrando la voz
hasta alcanzar la asfixia;
golpear las paredes
sin que nadie me oyera;
llorar toda la noche
a oscuras y en silencio.
No hay fondo en el dolor.
No comprendo por qué
trataba de encontrarlo.

[Flores de fuego, Vandalia, 2023]




PRESAGIO DEL OLVIDO

Cuesta encender el fuego del recuerdo,
y es a veces presagio del olvido
sentir de pronto ese vacío súbito
que no acierto a nombrar por unas horas.
Son horas que transcurren sin dolor,
pero también en blanco, ajenas, vanas.
Hasta que te apareces, aun sin rostro,
casi al borde del sueño, en la penumbra
helada de la ausencia, entre el fragor
de las voces e imágenes del día
y el pensamiento inquieto e inconexo.
Y yo sé que eres tú. Eres tú siempre.

[Luz de la noche, Visor, 2025]