Deja tu comarca entre las fieras y los lirios - Marosa di Giorgio
Deja tu comarca entre las fieras y los lirios
Papá,
recuerdo los trigos azules que plantaste,
las habas de moño blanco,
los nardos, de rosada lengua,
las estrellas que acompasaron tu paso cuando arabas por
las noches. Tú, el arado, los bueyes, siempre llevaban
pájaros en la espalda y en la frente; el grupo avanzaba,
descomunal, bajo las enormes estrellas que dejaban en el
suelo una mancha blanca y otra mancha negra.
Las siembras crecían rápidamente.
En pocas horas, los trigos tenían ramas y unas flores rojas y
azules como fuegos, todas en la misma rama; el haba daba
su pastilla negra y su mosquitero blanco; el nardo erguía la
nevada vara todo colmada de sexuales lenguas.
Tu siembra era fugitiva y eficaz.
Y así volvías a la oscura casa.
Y veía cómo te quitabas la capelina que te protegía de la luna,
y el mantón de paja.
Árbol de magnolias,
te conocí el día primero de mi infancia,
a lo lejos te confundes con la abuela, de cerca, eres el aparador
de donde ella sacaba el almíbar y las tazas.
De ti bajaron los ladrones;
Melchor, Gaspar y Baltasar;
de ti bajaban los pastores y los gatos;
los pastores, enamorados como gatos,
los gatos, serios como hombres, con sus bigotes y sus ojos de enamorados.
Esclava negra sosteniendo criaturitas, inmóviles, nacaradas.
Virgen María de velo negro,
de velo blanco, allá en el patio.
Eres la abuela, eres mamá, eres Marosa, todo eres,
con tu eterna juventud, tu vejez eterna,
niña de Comunión, niña de novia,
niña de muerte.
De ti sacaban las estrellas como tazas,
las tazas como estrellas.
Estuvo oculto en tus ramos el Libro del Destino.
Te has quedado lejos, te has ido lejos.
Pero, voy retrocediendo hacia ti,
voy avanzando hacia ti.
Te veré en el cielo.
No puede ser la eternidad sin ti.
A veces, en el trecho de huerta que va desde el hogar a la alcoba…
A veces, en el trecho de huerta que va desde el hogar a la alcoba, se me aparecían los ángeles.
Alguno, quedaba allí de pie, en el aire, como un gallo blanco -oh, su alarido-, como una llamarada de azucenas blancas como la nieve o color rosa.
A veces, por los senderos de la huerta, algún ángel me seguía casi rozándome; su sonrisa y su traje, cotidianos; se parecía a algún pariente, a algún vecino (pero, aquel plumaje gris, siniestro, cayéndole por la espalda hasta los suelos…).
Otros eran como mariposas negras pintadas a la lámpara, a los techos, hasta que un día se daban vuelta y les ardía el envés del ala, el pelo, un número increíble.
Otros eran diminutos como moscas y violetas e iban todo el día de aquí para allá y ésos no nos infundían miedo, hasta les dejábamos un vasito de miel en el altar.
Los hongos nacen en silencio; algunos nacen en silencio…
Los hongos nacen en silencio; algunos nacen en silencio; otros, con un breve alarido, un leve trueno. Unos son blancos, otros rosados, ése es gris y parece una paloma, la estatua de una paloma; otros son dorados o morados.
Cada uno trae –y eso es lo terrible– la inicial del muerto de donde procede. Yo no me atrevo a devorarlos; esa carne levísima es pariente nuestra.
Pero, aparece en la tarde el comprador de hongos y empieza la siega. Mi madre da permiso. Él elige como un águila. Ese blanco como el azúcar, uno rosado, uno gris.
Mamá no se da cuenta de que vende a su raza.
Así que ése era el jardín de mandrágoras
Así que ése era el jardín de mandrágoras. Estaba allí y no me había dado cuenta.
Ése es el jardín de los ahorcados. Tironeé una mata, y sí, vi la raíz en forma de hombre.
Corrí, loca de terror, al interior de las habitaciones, de donde por cierto, nunca me había movido.
Así que ése era el jardín de los ahorcados.
Por cada ahorcado, una mata. Pero, hurgué en mi memoria y no había señas.
Busqué papel y pluma, mas los parientes demoraban tres años en contestar.
Di un grito y fue inútil. Corrí hasta el fichero, el armario, y sólo había cajas de dulce y quesos de color rosa, o celestes, cada uno con un ratón en el interior.
¿Los periódicos? Nunca trajeron nada verdadero.
Entonces, llamé a las empleadas: —Aline. Todas se llamaban Aline y tenían un par de alas minúsculas cerca del hombro.
Les dije: —Díganme, ¿es verdad que los ahorcaron?
Ellas se cubrieron el rostro, volaban, se deslizaban, sigilosamente, a ras del suelo.
Para cazar insectos y aderezarlos…
Para cazar insectos y aderezarlos, mi abuela era especial, les mantenía la vida por mayor deleite y mayor asombro de los clientes o convidados.
A la noche íbamos a las mesitas del jardín con platitos y saleros, en torno estaban los rosales, las rosas únicas, inmóviles y nevadas.
Se oía el rum rum de los insectos debidamente atados y mareados, los clientes llegaban como escondiéndose, algunos pedían luciérnagas, que era lo más caro, ay! aquellas luces, otros mariposas gruesas color crema con una hoja de menta y un minúsculo caracolillo.
… Y recuerdo cuando servimos aquella gran mariposa negra, que parecía de terciopelo, que parecía una mujer.
Rossana, Rossana y Rossana volvían del baile…
Rossana, Rossana y Rossana volvían del baile en el aire oscuro de la noche de antes del alba.
El pelo suelto, las enaguas de raso hasta el suelo, cayeron unas agujas largas como espinas de grandes pescados.
El contorno de las peras era brillante, parecían docenas de dibujos colgantes de las ramas.
Un pájaro gritó como si no estuviese acostumbrado a la enorme soledad.
Una oveja se levantó y se fue…
Los trabajadores nocturnos seguían ordeñando leche, aceite, y licor de las perennes vacas.
Las tres Rossanas llegaron a la casa…
Soltaron sus rizos, las peinetas con coral en las esquinas, las enaguas reñían por los novios, se durmieron con la cándida mano en la almohada.
En el corazón de los aparadores, las tacitas volaban quietas como vuelan los ángeles y una rata puso un huevo blanco, almendrado, celeste… que nadie vio.
Por esos años muchos fueron crucificados
Por esos años muchos fueron crucificados. En la tormenta se veían las cruces negras y delgadas. Llegaban aullidos en el viento; otros morían delicadamente. En casa me previnieron contra los crucificados, que después desgajaba el viento.
Al ir a la escuela yo sentía temor, miraba hacia todas partes y me detenía para ver hacia atrás. Los jardines de lechugas se encendieron sin pausa, y los de repollos, grises y celestes como el humo, y también rosas incendiantes, estrelitzias de oro. Y a lo lejos estaban los crucificados.
Al trabajar bajo la mirada de la maestra, mi corazón quedaba chico como el de un cordero y grande como el de papá.
En medio de números, letras, yo veía a través de las ventanas, el bosque remoto. Y el pálido horizonte con los crucificados.
Deja tu comarca entre las fieras y los lirios
Deja tu comarca entre las fieras y los lirios. Y ven a mí esta noche oh, mi amado, monstruo de almíbar, novio de tulipán, asesino de hojas dulces. Así, aquella noche lo clamaba yo, de portal en portal, junto a la pared pálida como un hueso, todo llena de un miedo irisado y de un oscuro amor. Ya era la edad en que las abuelas habían retrocedido a moradas de subtierra y sólo sus almas perduraban encadenadas a las lámparas estremeciendo mariposas verdes y amarillas a la hora de los fuegos y los rezos. ¡Oh, mi amor!— lo clamaba yo, de puerta en puerta, de muro en muro- perdí mis trenzas, estoy desnuda, se cayó el sándalo de los medallones, la luna paró sobre las chimeneas su trineo de coral. Y no vienes, hombre, rosa, crimen, corazón. Voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo. Voy a matar los panales. Me has hecho imaginar inútilmente tus médulas de sándalo, tu corazón de fuego. Ahora, reirán de mí las muertas que se acuerdan de tu amor. Así mentía yo, abrazada a su melena de oro, a su terrible miel. Él hablaba una lengua casi inteligible; pero, un rocío voraz, una lepra de flores, le terminaba el rostro. Y dentro estaban el azúcar y las cruces y los espejos con olor a jacintos. Nos acercamos a la mesa. Las abuelas renacieron en las lámparas. Le dije que iba a guardarlo, que iba a besarlo, que iba a guardar su corazón entre las piñas y los licores y las medallas. Otra vez jardín y sombras y columnas rotas y los cisnes serios como hombres. Empecé a matarlo. Porque no digas mi amor a nadie—a entreabrirle los pétalos del pecho, a sacarle el corazón. Él se apoyó en mi brazo, le latía con locura el almíbar de los dedos. Empezó a morir. Cerca del bosque empezó a morir. Rompí a llorar. Voy a matar los panales; voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo. Su muerte siguió a lo largo del bosque. Quise recogerla en mi saya, reunirla en mis brazos, abrazarla. Voy a tener hijos de almíbar y de pétalos y no podrán besarte, oh, mi novio de miel, mi tulipán. Lloraba desesperadamente. Quería juntar los pétalos, reconstruir la miel, sacarlo de la muerte, ganarlo para siempre, que no tuviera fin este poema.
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Marosa di Giorgio
(Salto, 1932 – Montevideo, 2004). Reconocida poeta uruguaya de ascendencia italiana y vasca. Se radica en Montevideo a partir de 1978. Entre sus libros destacan: Historial de las violetas (1965), Clavel y tenebrario (1979), La liebre de marzo (1981), La falena (1989), Misales (1993, relatos eróticos), Diamelas a Clementina Médici (2000). Los papeles salvajes es el título que reúne la totalidad de su obra poética. Por su trabajo literario obtuvo importantes reconocimientos. Figura en diversas antologías de poesía latinoamericana y ha sido traducida a varios idiomas.
Rafael Courtoisie la describe de manera notable: “La poeta nacida en Salto, Uruguay, Marosa di Giorgio, es un prodigio terrestre, vegetal, mineral, animal, que se hace post humano, sobre humano y angélico en un corpus textual donde la poesía comparece feérica y milagrosa, como el agua y ciertas hojas de hiedra en una pócima druida. Durante años fui amigo y confidente de Marosa. Me enseñó un conjuro infalible que empleo en situaciones de riesgo mortal. Gracias a ella, respiro todavía. Leer a Marosa es volar y echar raíces al mismo tiempo”.