Somos tiempo e historia, a la vez, y por eso somos cambio y permanencia - Jaime Siles

Un reportaje al flamante ganador del Premio Reina Sofía 2026

Somos tiempo e historia, a la vez, y por eso somos cambio y permanencia - Jaime Siles
Jaime Siles

por Enrique Solinas

 

Jaime Siles Ruiz (Valencia, 1951) es el escritor más importante en el panorama literario de España, y que desde hace décadas realiza una labor ininterrumpida con la poesía, la crítica literaria, la traducción y la investigación, especialmente en filología clásica.

En 1969 y con 18 años publica su primer libro, Génesis de la luz; formando así parte de la generación de los novísimos, junto a Leopoldo María Panero, Ana María Moix, Pere Gimferrer, entre otros, quienes llegaron al espacio literario español hacia finales del franquismo para renovar sus aires y ofrecer una exploración estética distinta a la imperante, un diálogo interdisciplinario entre las distintas ramas del arte y la inclusión de referentes populares en sus discursos.

Por su labor literaria obtuvo, entre otros, el Premio Ocnos de Poesía (1973), el Premio Nacional de la Crítica (1983), el Premio Internacional Loewe de Poesía (1989), el Premio Internacional de Poesía Generación del ’27 (1998), el Premio Teresa de Ávila, por el conjunto de su obra (2003), el Premio Nacional de Poesía José Hierro (2008), el Premio Andrés Bello al conjunto de su obra (2017), el XXVIII Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma (2018), el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada-Federico García Lorca (2025) y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2026).



Poesía y tiempo


Has obtenido recientemente el Premio Reina Sofía 2026, galardón más que merecido por una vida entera dedicada a la literatura, además del apoyo unánime por parte de la comunidad literaria en español. ¿Qué significa este premio?

Significa el máximo reconocimiento recibido hasta hoy y el verme en una cadena de nombres de poetas españoles, hispanoamericanos y portugueses, que siempre he admirado y que han sido y son maestros para mí. Es, pues, una alegría enorme por muchas razones y también por lo inesperada de la misma.


Haciendo una mirada retrospectiva en tu obra que va desde la abstracción hacia el concretismo, ¿Qué lectura puedes hacer del poeta “novísimo” de los años ’70 del siglo XX al poeta que eres hoy?

Todos los seres humanos evolucionan con el tiempo: son tiempo e historia a la vez y, por eso, también cambio y permanencia. Los poetas novísimos constituyeron la primera línea de mi generación: eran varios años mayores que yo (algunos incluso doce años; otros, ocho, seis, cinco o cuatro) y habían abierto nuevas posibilidades al discurso poético, incorporando a él el simbolismo, las vanguardias históricas y la experimentación textual que en España desde el inicio del franquismo se había - prácticamente y con la sola excepción del postismo- abandonado. Muy pronto me sentí próximo a ellos y partícipe de la misma aventura: la de la renovación lingüística y recuperación de la pertenencia a la gran tradición occidental, interrumpida por el aislacionismo que siguió a la guerra civil. Del poeta novísimo inicial han permanecido algunas cosas como el interés por el cuidado formal y la moral del lenguaje, el sentido plástico del poema y el deseo de conjugar vanguardia y tradición. Pero, desde muy pronto, desde 1970, mi escritura derivó a una mayor economía lingüística y hacia el poema condensado y breve y un minimalismo cercano, aunque no igual, al de la poesía pura. De modo que, aunque novísimo – si se entiende por tal un común acuerdo en lo que no queríamos hacer y en lo que pensábamos que se debía rechazar-  derivé hacia otras zonas de escritura como la que los presocráticos griegos representaban y que informa mi libro Canon (1973). Desde entonces a hoy he pasado por distintas fases: una, más filosófica y decididamente hegeliana, objetivada en Alegoría (1977), mi libro más difícil; y otra, de máxima economía lingüística, representada por Música de agua (1983), que cierra el primer ciclo de mi obra. El segundo se inicia con “Columnae” (1986) y llega hasta “Semáforos, semáforos” (1990) y en él se produce una vuelta a la estrofa y una intensificación de la fonación, al tiempo que se experimenta con el sonido, la rima y la forma, se tematizan aspectos urbanos y se intenta “clasicizar” la posmodernidad. Sigue a ello un largo periodo de casi diez años de silencio, que se interrumpe con Himnos tardíos (1999), en el que empiezo a combinar el poema-instante y el poema-discurso y en el que hay, más que un abandono de lo metafísico y lo ontológico, antes muy determinantes, una reflexión sobre lo existencial. Todos mis libros posteriores (Pasos en la nieve, Actos de habla, Horas extra, Desnudos y acuarelas,   Arquitectura oblicua)  han seguido indagando diferentes vías de esa misma investigación, y uno de ellos, Galería de rara antigüedad, sin desviarse de ello, ha intentado expresar lo que el mundo antiguo y la literatura griega y latina han sido para mí. Mi último libro, Doble fondo, es una síntesis de poesía existencial y metapoesía. El camino recorrido es variado y largo en su sucesión, pero no incoherente:  como en el verso de T.S Eliot, en su principio estaba su final y ,al revés, en su final está su principio.


En tu poesía siempre hay un rasgo de actualidad constante y, al mismo tiempo, de memoria presente. ¿Cómo transcurre en tu obra el paso del tiempo?

Cuando era joven- digamos que hasta que cumplí treinta y cinco años y fui padre- el tiempo me angustiaba menos que la muerte y su presencia en mi obra era muy menor. En cambio, a partir de esa edad, fue adquiriendo un cada vez mayor protagonismo tanto su vivencia como el sentimiento y sensación de él, manifiestos, sobre todo, en mi relación con la identidad y la memoria y los espejismos de lo que llamamos “yo”.

 

La Filología, una forma de existir


Has dicho en entrevistas anteriores que la filología, más que una ciencia es una forma de existencia. ¿Cómo ha sido y es tu convivencia con la Filología?

Mi experiencia de la Filología es por completo nietzscheana, pues, como para Nietzsche, la Filología es para mí “un iluminarse la existencia”. Los textos – escritos o leídos- nos devuelven imágenes perdidas de nosotros mismos: formas de nuestro ser- del que somos, del que fuimos o del que creímos ser. He sido catedrático de Filología Latina y he dedicado mi vida al estudio de la Antigüedad Clásica; hice mi tesina de licenciatura sobre Tácito; y mi tesis doctoral fue un “Léxico de las inscripciones ibéricas”. He dado clase durante más de cincuenta años –todavía las doy- sobre las disciplinas orgánicas del latín: la fonética, la morfología, la sintaxis, la historia de la lengua, la literatura latina… De modo que esta visión del latín ha impregnado mi concepto de lengua y he intentado articular la unidad orgánica de mis libros como los poetas antiguos – desde Calímaco a Catulo, Propercio y Horacio- ordenaban los suyos. La Filología no ha sido para mí sólo una profesión sino mucho más: una Weltanschauung, una manera de ver y comprender el mundo. Sin la Filología no habría podido verbalizarlo del modo en que lo viví y verbalicé.


La literatura clásica te ha marcado profundamente y podemos encontrar esas huellas en tu obra. ¿Hoy en día creés que podemos seguir dialogando con el mundo y las literaturas del pasado o las nuevas generaciones lo van dejando de lado?

Como te he dicho, tanto la literatura latina como la griega han sido determinantes en mi formación porque, cuando estudié, tanto el griego como el latín eran materias que se estudiaba, y mucho, en el bachillerato. Me deslumbraron e impresionaron tanto que decidí estudiar Filología Clásica. Y no sólo yo: en mi generación, Luis Alberto de Cuenca también es filólogo clásico y otros que no lo son- como Gimferrer, Carnero, Colinas o Luis Antonio de Villena- poseen una sólida formación clásica. Hoy el latín y el griego casi han desparecido del bachillerato y su presencia ha quedado muy reducida también en la Universidad. Lo que ha hecho que los jóvenes poetas no hayan tenido un acceso directo a estas literaturas que Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma tanto admiraban. Sin embargo, en poetas de generaciones siguientes a la mía el influjo de la literatura clásica está muy presente en la obra de Juan Antonio González Iglesias y de Javier Velaza, ambos catedráticos de Filología Latina. De modo que no se puede generalizar: siempre habrá poetas que comprendan que, sin conocer el legado de la Tradición, es imposible avanzar.


Por un lado, Escribir, traducir, investigar y, por el otro, la familia, los amigos, los instantes. ¿Cómo conviven todas estas actividades en el ritmo cotidiano

Coexisten paralelas, simultáneas y juntas, sin que se produzca la menor colisión entre ellas e interpenetrándose e influyéndose todas entre sí.


Presente y Futuro


¿Cuál es tu mirara sobre la poesía actual en lengua española?

Creo que hay una gran variedad de tendencias, sin que ninguna de ellas sea dominante, y que eso constituye una gran riqueza. La calidad poética se ha conservado mejor en Hispanoamérica que en España, porque, desde el siglo XIX, las nuevas repúblicas independientes optaron de inmediato por la modernidad, mientras la metrópoli peninsular se quedo durante no poco tiempo anquilosada. Sin Martí, sin Rubén, sin Huidobro, sin Vallejo, sin Borges, sin Paz, sin Neruda o sin Lezama nuestra lengua poética se habría visto seriamente amenazada. Por eso para mi generación tanto la poesía como la novela y el ensayo hispanoamericanos fueron un ejemplo, un faro y una verdadera tabla de salvación. Hoy hay excelentes poetas a ambos lados del Atlántico y celebro mucho que cada vez haya una mayor interconexión y quiero reconocer la gran labor que tanto editoriales de aquí como de allí hacen para que haya un mayor y mejor conocimiento de lo que se escribe a ambos lados del Atlántico.


Todos sabemos que sos un escritor prolífico, en constante movimiento. ¿Qué estás escribiendo ahora?

Acabo de entregar a sus respectivos editores dos libros de ensayo: uno sobre poesía española del XIX y del XX; y otro, sobre literatura de la Antigüedad, que espero se publiquen pronto. Y ahora estoy reuniendo mis escritos sobre arte (pintura, fotografía, instalaciones paisaje, arquitectura) para formar con ellos un volumen que los recoja.

En cuanto a poesía, tengo desde hace más de cuatro años, un libro terminado, que, como siempre, he dejado reposar lo suficiente como para tener la distancia necesaria para poderlo ver con la máxima objetividad; y otro, muy avanzado que espero poder acabar. Pero, como tú sabes, muy bien, la poesía sólo se escribe cuando ella quiere y se deja. Todo voluntarismo no sólo le resulta ajeno, sino que suele, además, serle contraproducente.


¿Cuáles son los proyectos futuros y cuáles son los deseos a cumplir?

Digamos que ambos vienen a ser los mismos y que el deseo máximo es poder vivir lo bastante como para poderlos realizar.