Lugares que no existen en las guías turísticas - Gabriela Vargas Aguirre

Una cama es también una prisión / o una caja de cartón que se lleva a cuestas. / Mi carnet de identidad dice que yo existo, / que soy un número comparable / con la cantidad de moscas que visten la naranja de mi plato. /

Lugares que no existen en las guías turísticas - Gabriela Vargas Aguirre
Gabriela Vargas Aguirre




Gabriela Vargas Aguirre





Lugares que no existen en las guías turísticas







Lugares que no existen en las guías turísticas

 

I

 

Una cama es también una prisión

o una caja de cartón que se lleva a cuestas.

Mi carnet de identidad dice que yo existo,

que soy un número comparable

con la cantidad de moscas que visten la naranja de mi plato.

 

Nos han dejado dormir junto a esta pared

que es también el final de un puente.

Una pared en la que se lee:

 

                                NO ORINE AQUÍ, LO ESTAMOS FILMANDO.

 

Entonces en la filmación se vería:

perros que escoltan un camino de huesos,

zapatos como peces que saltan en un camión de basura

hombres que estiran las manos,

manos que buscan papel de arroz y lentejas,

una madre que llora cuando un niño pregunta:

¿por qué el frío es tan rudo con nosotros?

Nos han dejado

 

                                                    AQUÍ,

                                                    Con un golpe seco

 

haciendo en cada esquina

una película sobre un hombre que muere cubierto de azúcar.

Aquí, como un asunto pendiente:

 

Somos los números que despiertan

                                                        demasiado cerca del suelo.






III

 

Señora, su casa ha sido declarada en RUINAS

luego de que su pareja la demoliera a golpes.

 

A todos los que miran por las ventanas les digo:

en mi carnet de identidad soy los nombres

de miles de mujeres y niñas que una vez escaparon de la escuela;

que una vez quisimos escondernos bajo el agua

y, en el agua, pensar en lo hermoso que sería ver nadar un elefante;

que subimos el volumen de la radio para dibujar en secreto

el lugar donde nos tocaron nuestros tíos;

que bajamos el volumen de la radio para contarles a las niñas

por qué hay tantas velas encendidas en los altares;

que no pudimos guardar las manos,

no pudimos con las ganas de agarrar un cuchillo;

que ahora tendremos hijos en una celda

que es como un pedazo de carne y siempre sangra.

Estamos aquí, impregnadas por el olor de nuestra historia

por eso solas

por eso a tientas

sin dar un grito.

 

A todos los que miran por las ventanas les digo:

                         Un día de estos su silencio matará al mío.






IV

 

Esta es mi memoria tratando de reconocerse.

En este lugar, las camas son hondas,

huele a papilla y pegamento para dientes.

Conservo una mecedora llena de arañas,

que hace años no mira hacia ninguna calle

y que a veces dice:

 

                                                         En otra vida mataba insectos.

 

Hablar con las paredes podría parecerles algo muy hermoso,

pero solo es un intento desesperado por saber dónde estoy

por destruir con las uñas este mismo paisaje,

por encontrarme con algo en la mitad de las fisuras

o bajo las costras de mugre

que van cambiando la pared

como el cielo en un mapa de molinos de viento.

 

En ellas podría leerse algo así como

 

                                                                   “X estuvo aquí”

 

y entonces X me diría que una vez fui violenta,

que quemaba basura para ahogar a los moscos

que me ganaba unas monedas

por limpiar el vecindario de muñecas de trapo.

 

En mi carnet de identidad ahora tengo 70 y he dejado de ser útil.

Mi única casa era mi memoria y lentamente va quedándose vacía.







Lugar: Calle Rumichaca, Guayaquil
Tiempo de estadía: 5 meses

 

El centro de esta casa somos nosotros

haciendo acrobacias encima de la mesa,

como los pájaros que saltan de un cable a otro

provocando distintas lluvias en esas tardes en las que el sol no sale.

¿Cuánto me va a costar la estadía?, me dije.

Cinco mordidas de mastín napolitano, dijo la perra.

 

Entonces:

 

hombro,

cadera,

dos veces el brazo izquierdo,

cabeza. (Al pie de la cama)

 

Nunca tanto de mi piel había caído para hacer de una baldosa un mapa.

 

Vivo con un hombre que intenta arreglarlo todo con plastilina.

Trabaja con yeso, construye una mano para leernos el futuro.

Trabaja mis heridas con arcilla,

me dice que no salga,

que llueve,

que podría quedar disuelta y presagiar la ruina de la casa.

 

Nunca tanto de mi piel se había secado tanto como para que otros me miren y digan

“ahí ha estado el desierto”.

 

Cada tres días llegaban los amigos con los pulmones repletos de canciones.

Y de las bocas salían caramelos,

y de los pies, más pies para seguir bailando.

Yo, como los pájaros, tomaba las plumas y los pelos

que caían en la mitad de la sala para envolverme como un nido

y ser, más bien, pálida,

traslúcida,

para que la perra pudiera fijarse en otro para calmar el hambre.

 

Un día la perra amaneció muerta.

Alguien por descuido dejó chocolate sobre la mesa cuando se cansó de bailar.







Beds and Breakfast

Lugar: Centro de Guayaquil
Tiempo de estadía: 25 años

 

Nací en un edificio que es un coro salvaje de ratones.

Si el tercer piso de una construcción se vuelve una cuna

cuando el camión de la basura cruza;

si al abrir una puerta,

tenemos que abrirnos paso como un desierto, porque el agua entra,

habrá motivos suficientes para querer huir.

 

El ascensor está clausurado.

Mi cabeza es un cohete y no entiende

el proceso de bajar una escalera.

Mi cabeza es el ruido del motor de un carro

que por la noche me vuelve incapaz

de oprimir un botón que funcione.

 

Nací en un edificio que con los años me ha vuelto alérgica al polen,

me ha alejado de los parques,

me ha dejado al cuidado de aves de cemento.

Un edificio, como una historia sensible al tacto.

Entonces, en ese recuerdo, vuelve a mí esa niña:

un armadillo atado a la tecla rota de un piano.

Mi hermana mojada, escondida en la cisterna,

mi madre que viste de mostaza una gallina

que para la cena habrá muerto en los ojos de un galgo.

 

Regresa a mí, la bailarina de cristal,

la que una vez rompí, la que no puede correr,

la que deja un punto en blanco sobre una mesa

que es el mar de polvo que hace,

                         de un vaso, una isla,

 

en la que sigo fijada por miles de alfileres.

 

 

 

***






Gabriela Vargas Aguirre

(Guayaquil, Ecuador, en 1984). Mención en el V Premio Nacional de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño. Ganadora de los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura y Patrimonio 2016 – 2017 con los que publicó su primer poemario La Ruta de la Ceniza con la editorial ecuatoriano – argentina La Caída. Ha participado en la Feria Internacional de Quito en los años 2012, 2015 y 2017, el Festival Desembarco Poético (Guayaquil 2013, 2014, 2015), el VI Festival de Poesía de Lima, el Festival Latinoamericano de Poesía Tea Party en Chile, el Festival Otra Orilla (Guayaquil; 2015 y 2017), la Feria del Libro Independiente de la Universidad San Francisco de Quito (2017) y el festival Kanibal Urbano (Quito; 2018). Participó de las X Jornadas de Poesía de la ciudad de Bogotá (2018). Aparece en publicaciones y antologías como Memorias del Festival Internacional Desembarco Poético (Rastro de la Iguana; 2012, 2013, 2014), Bandada: Actualidad de la Poesía Ecuatoriana (Campaña de Lectura Eugenio Espejo; 2014), Mujeres que Hablan (Dirección de Cultura de Pichincha; 2015), Antología del Tea Party, Muestra Dinámica de Poesía Latinoamericana (Cinosargo; Chile 2016) y País imaginario. Escrituras y transtextos. Poesía latinoamericana 1980-1992 (Ay del seis; España 2018). Con Lugares que no existen en las guías turísticas se hizo acreedora del Premio internacional de poesía Vicente Huidobro en su segunda versión el año 2020.