Sobre la doble personalidad del lenguaje - Nilton Santiago

Otros antes que tú ya lo han intentado: / borrar el sol del paisaje, / meterlo en un sobre de papel / y ser el papel, / ser el mensaje que tropieza con la oscuridad / de los animales minerales que antes fuimos. /

Sobre la doble personalidad del lenguaje - Nilton Santiago
Nilton Santiago




Sobre la doble personalidad del lenguaje




SOBRE LA DOBLE PERSONALIDAD DEL LENGUAGE

Otros antes que tú ya lo han intentado:
borrar el sol del paisaje,
meterlo en un sobre de papel
y ser el papel,
ser el mensaje que tropieza con la oscuridad
de los animales minerales que antes fuimos.

Cuántas veces me dijiste que a un ángel fumador
le resulta más sencillo ir al diccionario
para entender la divinidad de tus pecas
que borrar las manchas de tabaco entre sus dedos.
El lenguaje no tiene puñetera idea
de que tú escribes diccionarios de agua
para que los ángeles usen escafandras cuando van a buscarte.

El lenguaje
no puede explicar por qué hay mariposas en el Amazonas
que se beben las lágrimas de las tortugas
y que mientras desayunas viendo el telediario
el café es un discurso metafísico
y las noticias anuncios publicitarios.
Sonríes, haces que el amanecer sea para el amanecer
otra personalidad de una noche estrellada
y que las mariposas que se beben la tristeza de las tortugas
seamos nosotros.
No me he terminado ni el café
y ya me has dejado el corazón
como las manos de un veterinario de erizos.




EL VACÍO COMO LENGUAJE,
OTRA RECETA DE LA ABUELA DE ANDREA


La piel es un invento de la necesidad de tocarnos
—dices, mientras pones la mesa para la cena de esta noche
cuando aún es la hora del desayuno.
Estamos en la casa de Andrea,
una especie de lágrima de azúcar del tamaño del mar.
Andrea tiene el corazón lleno de sardinas,
como lo tenía su abuela cuando era niña
y creía que la luna era un vertedero de lágrimas.
Andrea dice que en su patria las sardinas vuelan sobre las nubes
confundidos entre hipocampos y mantarrayas.
Nadie sabe por qué.
Sólo se sabe que los más pobres entre los pobres
los pescan poniendo inmensas redes entre los árboles.

Andrea continúa:
en su pueblo no sólo hay centauros en las guarderías
(que lloran cuando ven el telediario)
refugiados sirios arrojados al mar,
refugiados libaneses cayendo en paracaídas sobre las bibliotecas,
sino también que hay gente que cree
que la soledad es lo único que nos hace parecidos a las estrellas.
Andrea ha cocinado unos espaguetis frutti di mare.
La receta es de su abuela,
una vieja de casi doscientos años que ha vivido dos guerras
ha perdido tres maridos y ha sepultado a todos sus hijos bajo un cerezo.
Yo no he dicho una palabra.
El silencio se expande sobre la mesa
como las mantarrayas entre las nubes,
como el corazón de los refugiados en una morgue de hipocampos.

¿No es cierto acaso que quién conoce su corazón está enfermo?

Me dice ahora Andrea, mientras recoge los platos.
No tengo ni idea, la verdad —le respondo—,
mientras le señalo la iguana que se esconde en mi corazón.
La única verdad es la nada,
la nada es el esqueleto de Dios
—dice Andrea,
mientras chupa una valva vacía de mejillón.




ANÁLISIS SOBRE EL FRACASO DE UN POEMA (Y DEL LENGUAJE)
PARA DESCRIBIR LA LUNA LLENA


Un hecho poético abandona una farmacia
donde una pobre vieja ha concertado una cita con este poema.
No soy yo el que ve a la vieja sujetarse de la lluvia para sentarse
sino un pelícano.
El pelícano es un ser del aire.
Eso lo sabemos porque el aire cruza los campos de girasoles.
Porque 15.000 litros de aire entran en los pulmones de un gorila al día.
Entonces tomamos conciencia de que existe el aire
porque sabemos que los gorilas existen.
En la farmacia, a la vieja le recomiendan cuidarse la glucosa.
El hecho poético se pone las gafas de leer
y deja al pelícano y a la vieja hablando de sus males.
Todo se puede solucionar con paracetamol.
El hecho poético baja a la estación del metro.
Entra sin pagar, como es lógico.
Un vagabundo le pide dinero.
“Pero el dinero solo sirve para hacernos más pobres”
—le dice el hecho poético.
Igualmente deja caer una moneda como una yema caliente.
El vagabundo la guarda en una de las grietas de su corazón.

Dos muchachas
hablan con una libélula que creo que soy yo.
¿Soy yo o mi representación? ¿qué coño es ser yo?
Las dos chicas ríen porque les he dibujado un mapa en la mano.
Buscan un sitio donde “comprar”.
Debo tener cara de “camello” latinoamericano.
Mientras espero el tren no puedo dejar de ver el puto móvil.
Como todos los hijos de puta
que vamos a trabajar vestidos como soldaditos de plomo.
No sabemos ni usar un matamoscas y creemos que hacemos
lo suficiente para ganarnos los frejoles.
El metro está lleno de negros vendiendo bolsos falsificados.
Los miro. También un policía que escupe sobre las vías.
Este día no ha existido.
Ni la farmacia, ni el vagabundo, ni las dos chicas libélula.
El hecho poético vuelve a casa, resignado,
vestido como como yo:
un puto soldadito de plomo.

Otra noche se irá a la cama sin escribir un poema.




LA ESCRITURA DE DIOS

Fu Xi, el primer emperador chino, era mitad serpiente, mitad humano y mitad enigma.
Cuentan que su madre lo concibió al pisar la huella de un gigante,
tan grande como la lágrima de un pez.
Fu Xi nació de un huevo
así que desayunaba mariposas para aprender el arte del vuelo.
Pero le resultó inútil: las nubes dormían sobre el suelo
para no empañar las gafas de Dios.
Una leyenda, citada por Wang Jia, cuenta cómo Fu Xi descubrió
ocho trigramas sobre el caparazón de una tortuga que no paraba de llorar.
Se cree que de esos diagramas oraculares surgió la escritura.

La escritura de la pobreza migra descalza en la mirada de un guatemalteco.
La escritura de Wang Wei era el manantial de donde brotaba el rocío.
¿Pero cuál era la escritura de Dios?
Mi padre me contó que en su pueblo los panaderos no sabían escribir
pero cada mañana horneaban una nueva biblia de harina.
Tampoco mi abuela podría haberse carteado con Fu Xi
y mucho menos haber leído un tratado de melancolía,
ya que la pobre apenas sabía deletrear su nombre.

Mi abuelo sí que escribía, con una pluma de su espalda,
discursos para taxistas solitarios
(cuando dirigía el sindicato de chóferes)
pero eso no cuenta.
Fu Xi se volvería a morir
si se enterara que acaban de arrestar por “vandalismo”
a una niña de 11 años
por escribir su nombre en el cemento fresco de una acera.
Si estuviera viva mi abuela diría:
“Ahí lo tienes: esa es la escritura de Dios”.




LA SOLEDAD DE LAS CHICAS CANGREJO

Ver cómo le cambian el pañal a un niño o pasar la tarde con él
puede ser una insoportable experiencia filosófica,
me dijiste antes de soltarme esta frase:
“Todo el pensamiento del mundo pasaría por el simple ojo de una aguja”.

Dicen que algunos filósofos llevan tatuada esta frase en la espalda,
quizás algunas chicas cangrejo,
como aquellas que encienden las hornillas de su corazón
con la luz de tu soledad,
son las que se pasan las noches tatuando la espalda de marxistas
o de sofistas, lo mismo les da,
quizás mientras buscan entre las estrellas
alguna pregunta para sus miles de respuestas.
Cuando se trata del amor,
“la revelación más grande que podemos tener es un misterio”,
respondo, por decir algo.
A veces hasta un poema en muletas como éste
es una filosofada de mal gusto.
Quiero escribir algo que valga la pena
y lo primero que hago es tirar tus lágrimas por el retrete.
Pero lo peor de todo es que no sólo me pasa con la poesía,
sino hasta cuando busco las llaves de mi corazón bajo tu cama
y te encuentro a ti dormida con una camiseta de chico que no es mía.

Quisiera terminar este poema
(que aún no he empezado como quien que dice),
repitiéndote aquellas palabras
que me acaba de susurrar tu amiga, la estudiante de filosofía:
(que me acaba de pillar metiendo los bigotes en la leche de su sonrisa)
“El agua de mar es salada por las lágrimas de los peces”.
Ciertamente –me respondes–
pero a diferencia de los filósofos,
para un poeta
dar en el blanco consiste en irse por las ramas.

Las chicas cangrejo llevan razón:
la poesía no es más que venderles miel a las abejas.




PUZLE

Caroline recoge los sueños rotos de los árboles como si fueran suyos.
Sabe bien que un ángel no debe comer comida para aves
así que me los pone en las manos.
El milagro de ser dos peces
ha hecho que nos encontremos esta mañana dentro de una lágrima, que antes fue una gota de edulcorante.
Apenas despierta, Caroline coge una de las puntas del mar
y la extiende como una alfombra sobre el mundo.
El despertador se ha quedado dormido, pero no nos importa.
Lo que importa es desayunar juntos como los gatos: lamiéndonos las pecas.
Cada mañana el bus está lleno de pájaros —dice.
Los pájaros no sueñan, así que no existen —pienso yo.
Pero ella sabe que miento. Los pájaros están ahí porque ella está ahí.
Cambio de tema rápidamente. Hago el café.
Ella come crisantemos de luz mientras que el mundo rueda de sus manos.
Para nosotros la nostalgia es el pan recién horneado que alimenta a la abuela libélula.
El café (con leche sin lactosa)
es el único lenguaje que pueden entender los gatos
cuando descubren que también son peces libélula.
El sol ya ha salido de su huevo.
Un beso cae de una nube, como si fuese una pluma de ángel o de gallina.
¿Qué fue primero, el ángel o la gallina?
—me pregunta mientras saco mi corazón de la nevera y el queso para untar.
Aún hay 15 de tus lunares que no logro identificarlos con el infinito,
—digo, por responder algo.
Primero fue el infinito entonces —dice.
No, primero fueron tus lunares, —le respondo.
En ese mismo instante el amanecer le deja bajo la puerta un puñado de luz.
Tiene que marcharse ya, son las siete menos cuarto.
Caroline se saca el mandil con el que desayuna para no mancharse las alas
y un bosque se pone de rodillas ante una rana melancólica que creo que soy yo.
Luego se va al baño y se cepilla los dientes como Grace Kelly:
con polvo de estrellas.
Coge el bolso. Mejor dicho, mete hasta un paracaídas en su bolso y sale de casa.
Yo me quedo fregando las tazas hasta que despierto sobre la cama,
que no es una cama, sino un puzle de abrazos recién sembrados a punto de florecer.
Entonces descubro que Caroline aun duerme
y que yo soy un simple sueño que la mira
y que desaparece cada mañana cuando ella despierta.




- De Historia universal del etcétera




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Nilton Santiago (Lima, 1979), reside en Barcelona hace varios años. En poesía ha publicado El libro de los espejos (II Premio Copé de la XI Bienal de Poesía 2003), La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro, Madrid 2012), El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014) y Las musas se han ido de copas, con el que obtuvo el XV Premio Casa de América de Poesía Americana (Visor Libros, 2015), Historia universal del etcétera. Premio Internacional de Poesía Vicente Huidobro (Valparaíso ediciones, 2019) y Miel para la boca del asno (Visor, 2023). Para retrasar los relojes de arena (Vallejo & Co., 2015) es su primer libro de crónicas. Su obra ha sido recogida en las antologías A otro perro con este hueso (Casa de Poesía, Costa Rica 2016) y 24 horas en la vida de una libélula (Scalino, Sofía 2017).