La Buenos Aires de Luis Benítez

Buenos Aires: podemos encontrarnos a cada paso con un edificio que a ras de la calle ofrece como fachada un local de comercio y en cuyos pisos siguientes se alternan el estilo francés, el italiano, el brutalismo, el internacional, el neoclásico, el art decó, el art nouveau, el racionalismo, etc.




I

Nací en esta ciudad situada al sur de un mundo siempre en riesgo, el 10 de noviembre de 1956, en la calle Austria, casi esquina con avenida Las Heras, en el barrio de La Recoleta. A lo largo de los años habité otras de sus cuarenta y ocho barriadas, pero hace décadas que volví a la de mi primera infancia, a la vuelta del fatídico departamento donde Alejandra Pizarnik, en 1972, probó de suicidarse siete veces y fue la última.

Buenos Aires fue fundada en dos oportunidades, en el siglo XVI. Sucia. Cara. Peligrosa. Doscientos dos kilómetros cuadrados donde algo menos de tres millones de habitantes vivimos los azares y las paradojas del siglo XXI entre el estupor y la costumbre. Nuestra ciudad limita al este con el Río de la Plata, el más ancho del mundo: doscientos kilómetros de agua contaminada separan nuestras costas y las de Montevideo, en el Uruguay. Por el norte, el oeste y el sur, la ciudad está rodeada por la Provincia de Buenos Aires, la más grande de todo el país, con una superficie equivalente a la de Italia.

Sólo por dos años viví en el extranjero, a comienzos de los ’90, en Manhattan, de donde volví a mi ciudad con recuerdos buenos y de los otros, varios poemarios publicados y conservando hasta hoy la relación con amigos entrañables que siguen allí, del mismo modo que una parte de mí. En otras ocasiones abandoné mi ciudad, mas siempre momentáneamente, como a esos amores que uno no sabe bien si los quiere y si lo quieren a uno, pero vuelve. La dejé por Madrid, Granada, Burdeos, París, Niza, Fráncfort, Roma, Verona, Pisa, Atenas, Creta, Santiago de Chile, Montevideo, la Polinesia, Bogotá, Cartagena de Indias, pero volví. Contradigo a Jorge Luis Borges: a Buenos Aires nos une el espanto pero también el amor, dos elementos más de lo inexplicable, como la mayoría de las cosas.

Fotografía © Ileana Gómez Gavinoser

 

II.

Buenos Aires: podemos encontrarnos a cada paso con un edificio que a ras de la calle ofrece como fachada un local de comercio y en cuyos pisos siguientes se alternan el estilo francés, el italiano, el brutalismo, el internacional, el neoclásico, el art decó, el art nouveau, el racionalismo, etc. Sin embargo, lo más común es que se nos presenten combinaciones de dos o más estilos, con detalles italianizantes mezclados con características propias de cualquier otra variedad.

También sus habitantes participamos de igual heterogeneidad: algo que nos hace distintos y simultáneamente semejantes.

Fotografía © Ileana Gómez Gavinoser

 

III

Mi generación poética, la de los años ’80, tuvo la fortuna de ser contemporánea de grandes autores que tenían la hoy inusitada costumbre, como los diarios y las revistas de entonces, de brindarnos su atención y hasta inclusive su amistad, como tuve la fortuna de tenerla con Enrique Molina, Francisco Madariaga, Olga Orozco, Néstor Perlongher y otros que ya no están.

La casualidad -desconfío de los favores de aquello que los griegos llamaban la moira y nosotros el sino- me deparó el aliento generoso de Borges tras publicar el primero de mis poemarios, Poemas de la tierra y la memoria (1980), allá por 1981 ó 1982. La única vez que hablé con él fue en el bar de la Sociedad Argentina de Escritores, sí, por supuesto, en Buenos Aires. Borges estaba solo, bebiendo una copita de guindado, brebaje de hombre mayor, y yo era un veinteañero con el librito bajo el brazo. Como de jóvenes somos inmortales y absolutamente resolutos, me presenté, le dije lo de mi primer poemario, agregué que deseaba obsequiárselo y él me invitó a su mesa. Borges era muchos hombres en uno solo, como ya dije que somos los porteños. Le leí algunos de mis poemas iniciales y, repentinamente, apareció su gran amiga Alicia Jurado recordándole que en otro piso lo estaban esperando periodistas extranjeros para entrevistarlo. Borges le respondió que por favor esos caballeros lo aguardaran diez minutos más, porque estaba escuchando a un joven poeta. Ese también era Borges.

Fotografía © Ileana Gómez Gavinoser

 

IV

Después seguí publicando en Argentina y los Estados Unidos, pero también en Chile, España, Francia, Inglaterra, Italia, México, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay, poesía, ensayo literario y narrativa, invariablemente insatisfecho con lo escrito, lo que es el gran motor para seguir haciendo algo que mi gran maestro, Dylan Thomas -influencia que advirtió de inmediato Jorge Luis Borges en nuestra única conversación y que me invitó a ampliar con otras- denominó certeramente como un “arte sombrío”. La referencia está dirigida a la poesía en particular. Hacemos algo que no sabemos a ciencia cierta qué es, pues podemos gastar horas en intentar definirla, cuando siempre su esencia medular se nos escapa. Ello, porque es una paradoja que la obra de arte escrito disponga sólo de palabras para referirse o pretender referirse a algo que está más allá de los alcances de las palabras, incluso de la relación que establecemos entre ellas, porque intentamos hablar, justamente, de lo inefable. A lo sumo y en el mejor de los casos logramos acercarnos de algún acotado modo al borde, la frontera, el límite infranqueable, por la dicha de la alusión o apelando al riesgoso recurso de la elusión, porque en poesía, como en la música, también el silencio resuena y dice lo suyo. Es una artimaña más, otro fallido intento, dado que cada poema es un fracaso en mayor o menor medida feliz. Apenas algo de lo que vislumbramos queda, insisto en que, con suerte, allí sobre el papel o en el brillo de la pantalla.

Esto acarrea dos consecuencias, me parece a mí: el impulso de alcanzar aquello que, a falta de mejor definición, aunque en buena parte errónea, llamamos “la voz personal”, empresa que se prolonga en verdad por toda nuestra vida autoral y que es desatinada porque, a ciencia cierta, lo que pensamos que es nuestro decir particular está compuesto del residuo de muchas voces distintas: lo que leímos y sentimos al leer, las donaciones de sentido y forma que nos dieron otros con sus textos, sus hechos y decires, la suma entera de nuestras experiencias vitales (también algo que es en esencia incomprensible) y miríadas de fenómenos y acontecimientos que escapan a nuestra limitada comprensión consciente, más la capacidad mayor o menor que tengamos de combinar tan diversos elementos.

La segunda secuela -únicamente si tenemos esa suerte- es el entendimiento deslumbrante de que la poesía es autorreferencial, que siempre habla solamente de ella misma, que lo que llamamos “el tema” es su coartada y estratagema para pronunciarse, lo que no le impide de ningún modo poseer nexos comunicantes con aquello ajeno de lo que nunca es representación.

Fotografía © Ileana Gómez Gavinoser

 

V

Lo anterior es parte de lo que sostengo en el variopinto panorama de la poesía que se escribe y se publica en Buenos Aires y en toda la Argentina. Paisaje que se caracteriza por la atomización del género, cuando desde los ’90 y en mucha mayor proporción desde el inicio del presente siglo y hasta la fecha la posmodernidad, como en el resto de Occidente al menos, ha barrido o tornado residual toda forma de vanguardia y barricada poética desde donde, en los ’80, se postulaban posturas comunes a tal o cual grupo de poetas. La resultante es que en lo contemporáneo los autores argentinos de poesía encaminan su trabajo por el sendero de búsquedas estéticas personales, con mayores o menores logros y pifias en cada caso.

Un factor no menos notorio del ámbito urbano en donde resido es que existe muy poco conocimiento de la obra y trayectoria propias de los poetas de diferentes generaciones: los más jóvenes apenas conocen lo que han publicado y están escribiendo los colegas que los precedieron, así como nosotros, sus antecesores en el género, poco y nada sabemos de sus obras y búsquedas estéticas. En lo particular, no pierdo oportunidad de intentar conocer más y mejor la producción de los poetas jóvenes, información que resulta imprescindible para comprender el devenir del género local.

En lo específico del campo poético de Buenos Aires y que resulta similar en lo que hace a toda la Argentina, es notable el acrecentamiento de los festivales y recitales dedicados al género, la cantidad de editoriales de poesía en plena actividad y el número de revistas literarias -principalmente electrónicas- que incluyen poesía entre sus contenidos, siendo muchas menos las de formato físico.

En Buenos Aires es muy común la superposición de fechas y horarios de celebración de encuentros poéticos, lo que mientras por un lado habla de la efervescente actividad en la materia, asimismo es posible interpretar como una respuesta privada a la notoria disminución del aporte gubernamental a las necesidades de difusión cultural que deben apoyar estatutariamente las instituciones estatales, como resultado de las perjudiciales políticas instrumentadas desde el mismo inicio de la gestión imperante.

De todos modos, aunque el daño ocasionando por el estrangulamiento presupuestario de dichas instituciones es considerable y se agudiza el perjuicio a la comunidad por la deplorable coyuntura económica que sufre el país entero, Buenos Aires y también las veintitrés provincias argentinas siguen -como queda dicho- activando cada vez más la producción poética nacional y el conjunto no deja de ser favorable para que los autores podamos continuar con nuestro “oficio sombrío”.

Buenos Aires, mi ciudad, y la poesía que cultivamos en ella, son característicamente heterogéneas, como rasgo fundamental de su identidad.


Luis Benítez

 

Fotografía © Ileana Gómez Gavinoser

 





Sobre el autor

Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Sus 50 libros de poesía, ensayo y narrativa han sido publicados en Argenti­na, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, México, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay. Según la londinense Ars Notoria Magazine es considerado como una de las voces más destacadas de la poesía argentina contemporánea y referente del género a nivel latinoamericano. Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro del Centro PEN Argentina, la Asociación de Poetas Argentinos (APOA) y de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina (SEA). Entre otros, su obra literaria ha recibido los siguientes reconocimientos nacionales e internacionales: Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes, París, Francia, 1991; Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina, Buenos Aires, Argen­tina, 1992; Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat, Buenos Aires, Argentina, 1996; Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción, Montevideo, Uruguay, 1996; Primo Premio Tuscolorum di Poesia, Sicilia, Italia, 1996; Primer Premio de Novela Letras de Oro, Buenos Aires, Argentina, 2003; Accesit 10éme. Concours International de Poésie, París, Francia, 2003; Primer Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino”, Aguascalientes, México, 2007; Tercer Premio Municipal “Ricardo Rojas” de Novela, Buenos Aires, Argentina, 2022; International Best Poets & Translators Prize, otorgado por The International Poetry Translation and Research Centre, The Journal of Rendition of International Poetry [Multilingual], y The Board of Directors of World Union of Poetry Magazines; Chongqing, República Popular China, 2024; American Poet of the Year Award, otorgado por United Nations World Silk Road Forum y Silk Road International Federation, Dubai, Emiratos Árabes Unidos, 2025, y el Premio de Ensayo “Ernesto Goldar”, otorgado por el Ciclo Cultural Misterio y Palabra, Sociedad Argentina de Escritores (SADE), Buenos Aires, 2025.


Luis Benítez was born in Buenos Aires on November 10, 1956. His 50 books of poetry, essays, and fiction have been published in Argentina, Chile, France, Italy, Mexico, Romania, Spain, Sweden, Venezuela, UK, USA and Uruguay. According to the London-based Ars Notoria Magazine, he is considered one of the most prominent voices in contemporary Argentine poetry and a leading figure in the genre throughout Latin America. He has received the title of Compagnon de la Poèsie from the Association La Porte des Poètes, based at the Université de La Sorbonne in Paris, France. He is a member of the Argentine PEN Center, the Association of Argentine Poets (APOA), and the Society of Writers of the Argentine Republic (SEA). Among other awards, his literary work has received La Porte des Poètes International Poetry Prize, Paris, France, 1991; Amalia Lacroze de Fortabat Foundation Poetry Award, Buenos Aires, Argentina, 1996; Tuscolorum di Poesia Prize, Sicily, Italy, 1996; Letras de Oro Prize, Buenos Aires, Argentina, 2003; Accesit 10éme. Concours International de Poésie, Paris, France, 2003; “Macedonio Palomino” International Prize for Published Works, Aguascalientes, Mexico, 2007; International Best Poets & Translators Prize, awarded by The International Poetry Translation and Research Centre, The Journal of Rendition of International Poetry [Multilingual], and The Board of Directors of World Union of Poetry Magazines, Chongqing, People's Republic of China, 2024;  American Poet of the Year Award, awarded by the United Nations World Silk Road Forum,  the Silk Road International Federation, Dubai, United Arab Emirates, 2025, and the “Ernesto Goldar” Essay Prize, awarded by the Mystery and Word Cultural Cycle, Argentine Society of Writers (SADE), Buenos Aires, Argentina, 2025.

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(Traducción al inglés de Prof. Araceli del Luján Lacore / English versions by Prof. Araceli del Luján Lacore)

-Fotografías © Ileana Gómez Gavinoser