Huang Lihai revisita a Lu Xun en nueva obra teatral: La primavera encendida de 1927
El Lu Xun de Huang sigue siendo un pensador radical, pero antes que un símbolo vuelve a ser un hombre.
Por Isolda Morillo*
"La gloria satisface; las preguntas despiertan." La frase pertenece al poeta y dramaturgo cantonés Huang Lihai, pero podría leerse como una poética de Lu Xun y, al mismo tiempo, como una definición del papel de la literatura en tiempos de crisis.
Casi un siglo después de la estancia de Lu Xun en Guangzhou, La primavera encendida—1927 vuelve a la ciudad que cambió la mirada de un escritor. La obra no reconstruye una biografía; reconstruye una pregunta: el momento en que Lu Xun dejó de creer que la literatura podía transformar el mundo y comenzó a preguntarse cuál era su lugar frente a la violencia y al derrumbe de la historia.
Esa es la apuesta de Huang Lihai. Poeta, dramaturgo y una de las voces más reconocibles de la literatura china contemporánea, Huang pertenece a una generación que ha buscado ampliar los límites de la poesía. Figura central de la escena literaria del sur de China y uno de los principales representantes de la tradición cultural de Guangdong, lleva más de dos décadas explorando el lugar donde se cruzan poesía, teatro y pensamiento.
Fundador de la revista Poesía y Personas, impulsor del premio internacional del mismo nombre y creador del proyecto Lecturas de poesía dramática, entiende la poesía menos como un género que como una práctica cultural. Sus textos desplazan el poema de la página al escenario y al espacio público, donde la literatura deja de ser un ejercicio de contemplación para convertirse en una forma de diálogo con la realidad.

Desde esa concepción de la poesía, volver sobre Lu Xun era casi inevitable. Pero Huang elude el homenaje solemne. Allí donde la memoria ha fijado la imagen de un monumento nacional, él recupera a un hombre que ama, duda, se equivoca y descubre cómo la historia transforma su manera de escribir.
Durante décadas, la imagen de Lu Xun quedó fijada en una iconografía reconocible: el intelectual de gesto severo, el cigarrillo entre los dedos, el escritor que convirtió la pluma en un arma contra su tiempo. La primavera encendida—1927 no desmonta esa imagen; la completa. El Lu Xun de Huang sigue siendo un pensador radical, pero antes que un símbolo vuelve a ser un hombre. Camina por las calles de Guangzhou, intenta descifrar el cantonés de los vendedores, pasea con Xu Guangping bajo las ceibas, frecuenta las casas de té y descubre una ciudad cuya vida cotidiana convive con una tensión política cada vez más palpable.
La operación recuerda una intuición de Mijaíl Bajtín: «el ser humano nunca coincide por completo consigo mismo». También los grandes escritores desbordan la imagen que la historia termina fijando de ellos. Huang parte de esa premisa para rescatar a un Lu Xun atravesado por las contradicciones, un hombre que ama, duda y cambia mientras el mundo cambia a su alrededor.
La elección del poema dramático responde a esa misma lógica. Entre la poesía y el teatro, la palabra deja de ser únicamente relato para convertirse en ritmo, respiración y presencia. El espectador no asiste a una reconstrucción histórica; entra en una experiencia. La historia deja de contemplarse desde la distancia y adquiere cuerpo sobre el escenario.

Pero el centro de la obra no está en la historia de amor entre Lu Xun y Xu Guangping ni en la recreación de la Guangzhou cosmopolita de finales de los años veinte. El giro llega con el golpe contrarrevolucionario del 15 de abril de 1927. La persecución de estudiantes, la violencia política y el derrumbe de las expectativas revolucionarias alteran profundamente la mirada del escritor. Lu Xun intenta proteger a los jóvenes perseguidos, tropieza con la indiferencia de las autoridades y acaba presentando su dimisión. Aquellos meses no solo cambiaron su vida; cambiaron también su manera de entender la literatura.
Es desde esa fractura desde donde Huang Lihai articula la idea central de la obra.
Antes de llegar a Guangzhou, recuerda Huang Lihai, Lu Xun se hacía una pregunta: «¿Puede la literatura despertar al pueblo?». Cuando abandonó la ciudad, la pregunta ya era otra: «¿Qué puede hacer la literatura frente a la violencia?»
No se trata de un simple matiz. Entre una y otra pregunta hay un cambio de época. La primera todavía confía en la capacidad emancipadora de la literatura; la segunda nace cuando el lenguaje descubre sus propios límites frente a la historia. Ya no basta con imaginar que las palabras pueden transformar el mundo. La cuestión pasa a ser qué lugar conservan cuando el mundo empieza a desmoronarse.

Es difícil no pensar aquí en George Steiner, quien advertía que «un hombre puede leer a Goethe por la noche y trabajar en Auschwitz por la mañana». La cultura, por sí sola, no inmuniza contra la barbarie. Lo que sí puede hacer es modificar la manera en que nos enfrentamos a ella. Esa toma de conciencia atraviesa también la evolución de Lu Xun.
No es casual que durante aquellos meses escribiera buena parte de Maleza (Yecao) y preparara Flores del alba recogidas al atardecer. En ambos libros desaparece cualquier confianza ingenua en el progreso moral. La escritura deja de ofrecer certezas y se convierte en un espacio donde se cruzan la memoria, la incertidumbre y la responsabilidad.
Huang Lihai no presenta esa crisis como una derrota, sino como un punto de inflexión. Frente a la tradición que ha convertido a Lu Xun en un monumento nacional, recupera a un hombre que ama, duda, siente miedo, se equivoca y se desengaña. Esa vulnerabilidad no disminuye su autoridad intelectual; explica de dónde nace.
La misma mirada alcanza a Xu Guangping, la compañera del escritor. Lejos de ocupar el lugar secundario que suele reservarle la biografía de Lu Xun, aparece como una intelectual formada en el Movimiento del Cuatro de Mayo, traductora y activista con una voz propia. La relación entre ambos deja así de ser un episodio sentimental para convertirse en el encuentro entre dos personas que comparten una misma inquietud intelectual y una misma época.

De ahí surge una de las ideas centrales de Huang: Guangzhou necesitaba a Lu Xun no por el prestigio que pudiera otorgarle, sino por las preguntas que aquella ciudad despertó en él.
La observación invita a pensar de otro modo la relación entre un escritor y una ciudad. Cuando Huang afirma que «Praga sería una ciudad hermosa sin Kafka; con Kafka se convirtió también en un laberinto», no establece una comparación entre autores. Sugiere que los grandes escritores transforman menos el paisaje de los lugares que la manera en que esos lugares aprenden a comprenderse.
Desde entonces, Guangzhou dejó de ser únicamente una ciudad revolucionaria, un puerto comercial o la puerta del sur de China. También pasó a ser el lugar donde Lu Xun comprendió que la literatura no existe para ofrecer respuestas definitivas, sino para mantener abiertas las preguntas cuando las certezas empiezan a resquebrajarse. Esa es la primavera que transformó a un escritor.

*Periodista, traductora e investigadora.