Siempre me piden poemas inéditos - Fabio Morábito
Siempre me piden poemas inéditos. / Nadie lee poesía / pero me piden poemas inéditos. /
Siempre me piden poemas inéditos
Mi verdadero lujo
es éste:
haber nacido
donde no he de volver jamás
[Siempre me piden poemas inéditos]
Siempre me piden poemas inéditos.
Nadie lee poesía
pero me piden poemas inéditos.
Para la revista, el periódico, el performance,
el encuentro, el homenaje, la velada:
un poema, por favor, pero inédito.
Como si supieran de memoria lo que he escrito.
Como si estuvieran colmados de mi poesía
y ahora necesitaran algo inédito.
La poesía siempre es inédita, dijo el poeta en un poema,
pero ellos lo ignoran porque no leen poesía,
sólo piden poemas inéditos.
Sollozos
Yo siempre llego tarde
a los entierros,
cuando los ojos
de los concurrentes
se han secado
y algunos ya olvidaron
la cara del difunto,
qué edad tenía,
de qué murió.
Entonces llego yo
con mi llanto anacrónico,
con el negro de mi luto
en todo su candor aún,
reparto abrazos
como incendios,
retengo entre mis manos
las manos de la viuda
y de los huérfanos,
todo el cortejo asiste
a mi dolor,
nadie se atreve a contrariarlo,
la gente se avergüenza
y vuelve a apretujarse
alrededor del muerto,
la viuda no resiste
y rompe a sollozar,
los huérfanos también
y el llanto crece nuevamente,
alcanza a todos,
los que no habíamos llorado aún,
los que andan por ahí,
que advierten que es un llanto
de reflujo,
de envergadura,
y entran en él,
se olvidan de sus muertos,
o los recuerdan con más claridad,
y el llanto se hace caudaloso,
arrastra llantos de otras épocas,
se advierte su bramido de gran llanto
que se expande
y se desliga de los muertos,
por eso llego tarde
al llanto de los otros,
vengo con otro llanto
en la garganta
que suelto entre los cuerpos húmedos
y veo cómo se prende en cada lágrima,
cómo se enrosca,
cómo crepita en cada uno,
y soy el único que sabe
que es mi desdicha
la que está llorando,
que están llorando por mis muertos,
que me regalan sus sollozos.
[Yo tuve un puente levadizo]
Yo tuve un puente levadizo
cuyos chirridos se oían a cien metros.
Lo eché sobre una zanja poco profunda
a tres cuadras de mi casa,
el único sitio idóneo para un puente así.
El vecindario se quejó
cuando compré los cocodrilos.
Pero sin cocodrilos
un puente levadizo está incompleto.
En la Edad Media venían juntos.
Qué tiempos aquéllos. Fregaba el puente
a diario, alimentaba las bestias.
No es fácil mantener un puente así.
Hay que tener cuidado con los niños.
En especial cuando se baja.
Las madres no dejaban de advertírmelo.
Y hay que tener cuidado con los cocodrilos.
En especial cuando se baja.
A la postre hubo que dejarlo levantado.
Un zoológico compró los cocodrilos.
La zanja se llenó de basura.
Empezaron a robarse las tablas.
En la Edad Media, otro gallo cantaría.
La gente amaba los puentes levadizos.
En especial en tiempos de los bárbaros.
Castillos y puentes levadizos venían juntos.
Pero en un puente a solas como el mío,
un puente con los puros cocodrilos,
un puente a secas que no salva vidas,
un puente por el puro gusto de bajarlo,
hay que poner un poco de uno
y hay que tener cuidado con los niños.
Los columpios
Los columpios no son noticia,
son simples como un hueso
o como un horizonte,
funcionan con un cuerpo
y su manutención estriba
en una mano de pintura
cada tanto,
cada generación los pinta
de un color distinto
(para realzar su infancia)
pero los deja como son,
no se investigan nuevas formas
de columpios,
no hay competencias de columpios,
no se dan clases de columpio,
nadie se roba los columpios,
la radio no transmite rechinidos
de columpios,
cada generación los pinta
de un color distinto
para acordarse de ellos,
ellos que inician a los niños
en los paréntesis,
en la melancolía,
en la inutilidad de los esfuerzos
para ser distintos,
donde los niños queman
sus reservas de imposible,
sus últimas metamorfosis,
hasta que un día, sin una gota
de humedad, se bajan
del columpio
hacia sí mismos,
hacia su nombre propio
y verdadero, hacia
su muerte todavía lejana.
Orejas
dos orejas: una para oír a los vivos
otra para oír a los muertos
las dos abiertas día y noche
las dos cerradas a nuestros sueños
para oír el silencio no te tapes las orejas
oirás la sangre que corre por tus venas
para oír el silencio aguza los oídos
escúchalo una vez y no vuelvas a oírlo
si te tapas la oreja izquierda oirás el infierno
si te tapas la derecha oirás... no te digo
había una tercera oreja pero no cabía en la cara
la ocultamos en el pecho y comenzó a latir
está rodeada de oscuridad
es la única oreja que el aire no engaña
es la oreja que nos salva de ser sordos
cuando allá arriba nos fallan las orejas
La mudanza
A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejó en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.
[Mi abuelo expiró ante mí]
Mi abuelo expiró ante mí,
el más pequeño de los nietos
el más insulso de la casa
que se dijo, mirándolo morir:
¡es igualito a la tía Márgara!
Salí del cuarto y fui a pararme
bajo el dintel del comedor
donde mis tías tomaban té, empequeñecidas
por su costumbre de ignorarme.
Iba a decirles del abuelo,
pero no malgasté el tesoro que tenía
y me di el lujo de volver con él
y ver una vez más el parecido con mi tía.
¡En menos de un minuto
ya no era él sino un extraño
y no se parecía a ninguno de los míos!
Volví bajo el dintel del comedor con otra cara
y Márgara, con verme, se dio cuenta.
Las cuatro se pararon con un grito.
Algo de envidia, aunada a cierto miedo,
les impidió reconvenirme.
El viejo había escogido al más pequeño,
le había ofrecido a él su última cara.
Fue de la mano de la mía
que halló el camino al otro mundo.
Mi cara estaba en algún lado entre los muertos,
le oí decir a Márgara después,
y no le dije que era la suya
la que el abuelo se llevó consigo.
Cuarteto de Pompeya
I
Nos desnudamos tanto
hasta perder el sexo
debajo de la cama,
nos desnudamos tanto
que las moscas juraban
que habíamos muerto.
Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo
que se extravió mi orgasmo.
Nos desnudamos tanto
que olíamos a quemado,
que cien veces la lava
volvió para escondernos.
II
Me hiciste tanto daño
con tu boca, tus dedos,
me hacías saltar tan alto
que yo era tu estandarte
aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto
que pronuncié mi nombre
y me dolió la lengua,
los años me dolieron.
Nos desnudamos tanto
que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron
las lavas a escondernos.
III
Te frotabas tan rápido
los senos que dos veces
caí en sus remolinos,
movías el culo lento,
en alto, para arrearme
a su negra emboscada,
su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia,
gritaba su naufragio…
Nos desnudamos tanto
que no nos conocíamos,
que los dioses mandaron
la lava a reinventarnos.
IV
Te desmentí de cabo
a rabo devolviéndote
a tus primeros actos,
te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia
amarga de tu cuerpo,
pues sólo el amor sabe
cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.
Esa noche la lava
mudó su paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único
que se murió de veras.
***
Fabio Morábito
(Alejandría, Egipto, 1955). Poeta, narrador, ensayista y traductor. De padres italianos, pasó su infancia en Milán, para instalarse finalmente en México. En poesía ha publicado: Lotes baldíos, De lunes todo el año (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1992), Alguien de lava, Delante de un prado una vaca, La ola que regresa (Poesía reunida) y A cada cual su cielo. En relatos: La lenta furia, La vida ordenada y Grieta de fatiga (Premio Antonin Artaud de Narrativa, 2006). En ensayo: El viaje y la enfermedad, Los pastores sin ovejas. En prosa: Caja de herramientas y El idioma materno. Con la novela infantil Cuando las panteras no eran negras consiguió el Premio White Raven, 1997.