Rara felicidad - Ricardo Herrera
Anoche me confió mi hija menor / que dará a luz gemelas en agosto. / Rara felicidad, tan extraviada, / hete aquí nuevamente despuntando / cristalina en los juegos de la luz. /
Ricardo Herrera: La poesía como último sentido
La poesía de Ricardo Herrera –introspectiva, silente, madura– se inscribe en la tradición poética de la revelación, desde un punto de vista ontológico. Esto le permite observar la realidad con claridad absoluta y conciencia de lo que es. Para Herrera el poema no es un producto, sino es un don que excede al sujeto, por eso su poesía es descubrimiento y no invención; es intimidad, no confesional; es vitalidad, no hay temor a la muerte.
En tiempos de barullo y fugacidad, la poesía de Herrera es acto de resistencia: defiende la lentitud, se detiene a contemplar el mundo, busca la palabra precisa y esencial.
Es poesía última porque vuelve al origen.
Es palpitación, es pneuma vital, luz que amanece solitaria y se funde con el atardecer.
Enrique Solinas
POESÍA ÚLTIMA
A una rosa silvestre
¡Qué bien estás llevando la vejez!...
Dudó, naturalmente. ¿Era una broma
o un sondeo imparcial de su declive?
Tragó el anzuelo, como lo hizo Svevo.
Dejó la duda a un lado y se entregó
a la brisa que en torno a tu sonrisa
rondaba como un aire impresionista,
rosa silvestre. Luego, abrazo y beso.
¿Qué era eso, tan sutil, tan exquisito
en el favor de tu feminidad?
¿Un poema? Tal vez era un poema.
Fue insondable y punzante la anagnórisis,
la fascinante abolición del tiempo
como una bendición que daba amparo.
Tu adorable presencia, vivo encanto
distanciado de Tánatos y Eros.
Llega la primavera, vas diciendo
botticellianamente con tu gracia;
siempre dada a la fuga, siempre aérea,
última musa acaso, última ansia.
Pintando el río
Pinto el curso del río en la ribera,
la lenta masa acuática que avanza
en el agreste entorno hoy invernal.
Te digo: «su silencio a mí me salva»;
y arriesgo un paso más; digo: «es el alma
del poder del lugar». Te causa risa
mi retórica exhausta al destacar
la índole sagrada de las aguas.
«Vejeces de ermitaño de las rocas»,
me susurrás sonriendo. En parte es cierto,
ya que estoy estudiando a un japonés
tan monótono y serio como Oé.
A pesar de tu aguda nota crítica,
el río me concede lo que busco:
su espejo veneciano, el amplio lecho
con pátina glacial de verde musgo.
Un vagabundo
Al promediar la caminata de hoy
vio despuntar un verde tierno y nuevo
en los olmos al borde de la huella.
Era la primavera que avanzaba
casi en puntas de pie, secretamente.
Los olmos, los primeros que renacen;
el resto seco y pálido; el letargo
del invierno aún no ha terminado.
Vistos a la distancia esos destellos
de verde claro en el entorno pardo
dan la impresión de un óleo en sus inicios,
una gran tela apenas esbozada.
El pintor es el clima, en su atelier
de pleine air. Y es un soplo placentero
el que despeja su ánimo y el cielo.
La vida aún, no obstante los barruntos
de un final de tragedia a su medida.
A falta de personas, esos árboles
son compañía fiel, también su perro
y el caballo que pasta en el lugar.
Su vida es sentimiento y pensamiento
que no hace concesiones a la moda.
Solo el poema que atesora esencias
posee el motivo de existir; el resto
es mero automatismo de vanguardia.
Haber amado y escribir poesía
dedicada a un amor poco común
fue la sola aventura quijotesca
que generosa le ofreció la vida.
Le costó sangre desprenderse de él.
Sin amor no hay poesía, van unidos;
ya sea que se nombre una arboleda
que manifiesta ardor primaveral,
o una esmaltada carretilla roja
junto a gallinas blancas, según Williams.
Recitativo del vagabundo
El poeta de joven es un héroe,
de viejo un vagabundo... No recuerdo
cuando y donde encontré el mordaz aserto.
Ignoro si fui un héroe siendo joven,
ya que empecé a templar el instrumento
con el favor de Érato, la musa
que aplaca los excesos del deseo
y afianza la constancia en el afecto.
Un vagabundo soy, como es sabido,
que en la extenuante errancia de los días
ha pedido limosna en todo sitio
donde la caridad del sol de invierno
propicia la amistad con la poesía.
Soy viejo concienzudo hasta tal punto
que para darle pan a la hora hambrienta
me he inventado un amor, rosa silvestre;
un amor para nada literario
que se embosca detrás de las palabras
como un perro lamiendo sus heridas.
No olvido aquel abrazo ocasional
que me libró del tenebroso tedio.
Vuelvo al ambiguo axioma del comienzo;
al releerlo, al confrontar sus términos
en esta detallada exposición,
descubro que es tan cierto y tan amargo
como la soledad del corazón.
El don de la poesía en la vejez
Son pocos los que pueden comprender
que llega un día en el que cada uno
debe crear algunas evidencias
tangibles del misterio de la vida;
lo transforma en persona esa ocasión.
Hay un átomo sacro en nuestro pecho
que convierte en piadosas las palabras
cuando llegan desnudas a la página.
Son nuestras en lo que hace al artificio,
pero el envión del pneuma es el poder.
La mente ignara avanza casi a ciegas
cuando el verso alza vuelo en el poema.
Uno se asombra ante sus propias líneas
y se pregunta ¿cómo llegué aquí,
a esta consumación que me supera?
El caso de ser simple mediador
entre el poder del pneuma y nuestra lengua
le da un sentido al hecho de existir,
porque mediar es un quehacer que obliga.
No hay absurdo, por ende, solo enigma.
El enigma del alma en la materia
y la implacable hoz que ignora el ruego;
el incesante fuego heraclitiano
y el eterno retorno de lo mismo,
la tensión de lo humano ante el abismo.
Tal es el fundamento del poema:
una visión impávida del fatum
que sin embargo calma la aflicción.
El no tiempo del mar nos sobrecoge,
pero el canto lo afirma con su son.
Gong de la medianoche, que es final
y comienzo de un círculo que se abre
ad infinitum: sinfonía expansiva
o mandala que cifra el universo
y del cual somos brizna, hebra fugaz.
El círculo se cierra
Ahora está planeando irse de viaje,
necesita una tregua en este invierno.
Si pudiese llegar a Montalcino
y vagar por la viña en la colina.
Una tarde en Toscana, como hace años.
Caminar al descuido con su amiga
por la campiña y presentir en su ánimo
que renace el misterio del medioevo.
No un efugio, sino un extraño don:
el pneuma, compañía de la fe;
como cuando en las noches, en su mesa
hace arder una vela mientras cena
y la lumbre palpita y resplandece
tenuemente en la habitación oscura.
El tiempo se detiene en ese instante,
la vacilante luz instila el ser.
Y concluye el poema del invierno,
la desnudez total hecha leyenda
de la propia existencia en el confín,
cuando en silencio el círculo se cierra.
La soledad entonces no le pesa,
derrama auxiliadora gratitud.
Se remansa en penumbras la pasión
de vivir tan absorto, tan aislado.
Rara felicidad
Anoche me confió mi hija menor
que dará a luz gemelas en agosto.
Rara felicidad, tan extraviada,
hete aquí nuevamente despuntando
cristalina en los juegos de la luz.
Como verbena en hábitat silvestre,
con rojo intenso, así vienes a mí,
pequeña flor que he visto en mis paseos
por los cerros antaño en primavera.
Dos niñas asomando en lejanía
me salvan del letargocotidiano;
percibo en mí el renuevo de sus vidas,
caricias de ternura, Amparo y Sol,
dulzura de la vida prenatal.
Y cierro el libro en paz, en estas vísperas
de un porvenir mejor, más arraigado
que esta existencia mía descaída.
***
Ricardo Herrera
(Buenos Aires, 1949), poeta, ensayista, traductor, editor. Dirigió la revista Hablar de Poesía desde1999 a2017. Su poesía de madurez está recogida en el volumen Obra en verso / 1985-2017. En su estilo tardío, iniciado con Herrera el Viejo (2020), se cuentan los libros Almuerzo en Traslasierra (2021); Lady Macbeth (2021); Caligrafías (2021); Tras la tormenta (2022); Grupo de familia (2023); Solsticio de verano (2024) y Un vagabundo (2025). Su obra en prosa y de crítica literaria está reunida en los libros La ilusión de las formas (1988); La hora epigonal (1991); Espera de la poesía (1996); De un día a otro (1998), Lo entrañable (2008); En la paz de la página (2012), A los antiguos lobos de las musas (2013); Qué importa la poesía (2016) y Ensayos de amistad (2021).

