Que los hombres entierren a sus casas - Damaris Calderón
Deja que los hombres entierren a sus casas. / Que se vayan por la manigua el mar por la selva. / Que se hagan otra constelación. / Las casas, como un útero, son transitorias. / El amor que en ellas creció, es eterno. /
Que los hombres entierren a sus casas
MI PAÍS SE ESTÁ MURIENDO
Señores de la FAO, mi país se está muriendo de hambre.
Son tristes las dictaduras, sí,
cuando bajan los helicópteros y pasan sobre tu casa
como pájaros, como cóndores,
y te sacan en la noche, a medio vestir.
Es triste el verde milico tomándose el color de los árboles,
de la selva, cercenando.
Es triste cuando a los hombres
los lanzan amarrados en rieles al mar,
más triste es cuando los hombres
se lanzan al mar por sí mismos
y no hay en su carne otro rastro
que la dentellada de un tiburón.
Es triste cuando los hombres de la guerrilla de liberación nacional
hacen la marcha en sentido contrario,
sin nadie que los libere,
reducidos a su condición de primates.
El verde no reza.
El azul no consiente.
El rojo es otra consternación
y la patria se parte en menudos pedazos.
Señores de la ONU,
Señores de las resoluciones donde la piedad no penetra,
a los países los asesinan, los dejan morir,
les cierran los ojos, los desaparecen.
Señores de Pompas Fúnebres,
yo he visto caer televisada
la Franja de Gaza y los muros de la patria mía.
Los países son niños, son mujeres inventando el arroz,
creando otra vez el fuego,
dibujando la caverna, haciéndola estallar.
Señores de los Cascos Azules,
es triste cuando los países se apagan
como la pantalla que monitorea el corazón de un hombre
al que tampoco se ve.
Cuando el verso, destinado al laurel,
se hunde en los charcos, picado de mosquitos.
Es triste cuando la poesía hace la vista gorda.
NO HAY REMANSO
Cuando venga la vanidad
por los muchos libros escritos
o la rabia
por los tantísimos perdidos,
recuerda:
Más escribió De Rhoka.
Más perdió De Rhoka.
Un hombre no es el mar,
apenas un afluente, una desembocadura.
La angustia universal cuece panes de hambre
y salta el agua india del Laja
y saltan los animales a medio ahogar
en la inundación que sepulta a un bombero,
a las aves de corral
y a la estatua de un poeta.
Un río habla mejor que un hombre: tiene memoria.
El río Mataquito borra el idioma del mundo
y vuelve el barroco al barro
y a su piedra sepulcral.
En las orillas el río susurra su verdad,
un cauce que fluye con palabras de agua.
El río habla sin voz pero se le entiende bien.
Sus aguas cuentan historias.
Testigos silenciosos
cada ola lleva consigo otras,
un eco que trasciende límites y mares.
El río habla con la fuerza de su corriente,
con sus remolinos y giros,
sus palabras de agua se deslizan entre piedras,
tierra y arena.
El río guarda secretos
pero se le comprende entero.
El hombre, con su lengua llena de palabras,
a veces enreda y confunde su mensaje,
mientras el río fluye con claridad sin tacha.
Maestro silente,
un río habla mejor que un hombre
en sus muchas jornadas.
NO CONOCE FRONTERAS
Golpear
como golpea la sombra de un negro
desplomándose en la calle.
El otoño puede venir por ti
por mí
pidiendo billetes
pasaportes en regla.
Te has desnudado
del rojo al oro
del otoño.
Sorber
la humedad de la hierba.
Tus venas expuestas.
El árbol no conoce fronteras.
Sigue desplazándose
con las palabras bajo tierra.
La luz que allí se apaga,
acá se enciende.
Un pájaro y otro cantan
en dos hemisferios.
La muerte puede sacudir las hojas.
Torturarlas hasta la extenuación.
El árbol canta.
Ha doblegado en su carne el filo del hacha.
Nos esperan las ramas, las raíces
y esa luz.
EL SIGMUR, EL FATAH, SON MISILES BALÍSTICOS HIPERSÓNICOS
Oh, Mani, los pájaros te han comido
el arroz de las venas
de tus diecisiete años.
Mis pequeños ríos
mis cinco dedos
recorren tu cabeza
que ya no es.
Tu foto no aparece
en los posteos diciendo:
«¿Verdad que también soy bella?».
En bolsas grises, selladas,
cuelgan las palabras.
El Sigmur, el Fatah,
son misiles balísticos hipersónicos.
Los pájaros, ellos también
se lo comen todo.
SOLO TENGO POR VECINO A ALFONSO ALCALDE
Solo tengo por vecino a Alfonso Alcalde,
la muerte y sus viñedos,
una uva roja como sangre sin licuar
y un hombre bamboleándose recién nacido
como un caballo enlazado a la eternidad.
En Chile matan a los poetas, vecino,
los convierten en icebergs, los exhiben en vitrinas
o los entierran y los descubren siglos después
y los leen como petroglifos
o piedras tacitas.
QUE LOS HOMBRES ENTIERREN A SUS CASAS
Deja que los hombres entierren a sus casas.
Que se vayan por la manigua el mar por la selva.
Que se hagan otra constelación.
Las casas, como un útero, son transitorias.
El amor que en ellas creció, es eterno.
Lo que sobrevive no es la taza de café
sino el gesto de la mano de la madre
al hervir.
Lo que sobrevive es la sombra
doblada sobre la tabla de planchar.
Siga la luz recomenzando
sobre cada pared rota.
Los escombros entierren los escombros.
***
Damaris Calderón
Es una poeta, ensayista y pintora cubana contemporánea, nacida en La Habana, que reside en Chile desde 1995. Ha publicado más de veinte libros de poesía en diversos países como Cuba, Chile, México, Alemania y Estados Unidos. Entre otros reconocimientos obtuvo en Chile el Premio de Poesía de El Mercurio, con su libro Silabas. Ecce Homo. En 2011 recibió la Beca de Creación Simon Guggenheim, en 2014 el Premio Altazor de poesía y ese mismo año el Premio a la Mejor Obra publicada en Chile con Las Pulsaciones de la derrota. En 2019 le fue otorgado el Premio a la Trayectoria por la Fundación Pablo Neruda.
-Damaris Calderón
Que los hombres entierren a sus casas
Colección varietales
RIL Editores, 2026
