Oscura marea - Audomaro Hidalgo

Propicia voces, echa abajo puertas, / su labor es circular pero no cíclica, / agazapada como una felina dispuesta al zarpazo, / apostada en su errante trono de sombra, / bella que no duerme y no desea ningún príncipe, /

Oscura marea - Audomaro Hidalgo
Audomaro Hidalgo. Fotografía del autor © Isabelle Grosse




Audomaro Hidalgo 

 

 

 

Oscura marea






TUBÉRCULOS

 

Hundir la mano en la tierra.

Hundirla hasta palpar la piel áspera de lo oculto: tubérculos, tentáculos

de pulpos que habitan bajo tierra. Tubérculos

que crecen como el miedo, en lo oscuro.

Hundir la mano como lo hacía mi abuelo, en luna llena,

como me enseñó a hacerlo cuando aún podía, cuando tenía fuerza 

y extraía tubérculos como tentáculos de pulpos acabados de cazar.

Hundir la mano hasta tocar los intestinos comestibles de la tierra,

hasta donde crecen tubérculos turbios,

como imágenes del sueño, como pensamientos torcidos.

Hundir la mano, lento, como en una profunda herida, lejana

como el día en que mi abuelo me enseñó a cosechar tubérculos

y se me reveló la imagen primera del miedo,

cuando lo tuve sucio en las manos, acabado de nacer,

sin llanto. Palpar la humedad de lo que está enterrado,

como una uña que duele, como el miedo por primera vez frente a mí.

Tubérculos, tentáculos de piel dura, desprendidos de pulpos rotos bajo tierra.

Tubérculos expuestos al sol, en agonía por saberse de antemano hervidos.

Órganos crudos. Formas impuras. Ideas sucias que tiene la tierra.

Bajos instintos. Fetos alargados. Turbulentos tentáculos. Alimento del pobre.

Tubérculos extraídos por mi abuelo los días de luna llena en la tierra.

Hundir la mano.

Hundirla más.

Palpar el miedo a ciegas.

Reconocerlo como a un tubérculo.

Ponerlo sobre la mesa.

Alimentarse de su almidón amargo.






EL LABERINTO, TESEO Y LA ESFINGE

 

La rosa es el centro del laberinto.

 

Mi abuelo Teseo está acabado, pero tiene un arma poderosa llamada Alzheimer.

El Alzheimer crea el laberinto cuando mi abuelo camina por la casa,

inventando pasillos y corredores mientras choca con las paredes.

Mi abuelo, Teseo sin fuerza, enfrenta todos los días

hordas y legiones de puertas, ventiladores, muebles

y zapatos que le salen al paso, con los que tropieza.

 

La rosa arde en el centro.

 

Mi abuela pudo ser el lado amable de la historia, pudo ser Ariadna,

pero prefirió ser la Esfinge. Mi abuela no le dio ningún hilo

a Teseo para que no se perdiera. Mi abuela

es una esfinge sentada en algún punto del laberinto.

Mira ir y venir a mi abuelo por los pasillos y corredores

que su Alzheimer levanta. La Esfinge

escucha a Teseo gritar, pedir auxilio en voz alta,

llamar a sus lejanos amigos de parranda,

decir el nombre de sus hijas muertas.

 

La rosa arde en el centro.

 

Mi abuelo, Teseo vulnerable, camina

cada día más perdido, sin hilo que lo ayude a volver

del laberinto oscuro de formas que su Alzheimer levanta.

La Esfinge lo presiente desde donde está sentada.

Teseo avanza sin algo con que defenderse,

sin machete o bastón, esa tercera pierna

del enigma de la Esfinge de piedra, no mi abuela,

Esfinge sin misterio, sentada por la diabetes

en algún rincón del laberinto en que se ha convertido la casa.

 

La rosa arde en el centro.

 

Mi abuelo Teseo avanza

por los pasillos y los corredores que su única arma,

el Alzheimer, inventa. Avanza tirando sillas

y rompiendo platos como escudos viejos, inservibles,

mientras la Esfinge fastidiada lo regaña y le mienta la madre.

El centro del laberinto es la rosa,

una flor imán sin espinas que aproxima y repele,

la pregunta definitiva bajo un mismo crepúsculo,

compartido dentro del laberinto, un animal rojo

que la Esfinge plantó y que espera la llegada de mi abuelo

Teseo, el extraviado.






NOCHES DURAS

 

Junto a los desconocidos que soy, junto a los desconocidos que me espían, encerrado, golpeo en el yunque de lo dicho, forjo una cadena de sílabas, interminable como un domingo de invierno sin compañía, como el pesado caer de unas gotas de suero. Golpeo el anverso de la palabra sombra, y cae un trozo de luz metálica, tundo el acero de la palabra libertad, me ensaño con fémur, tibia, rodilla, codo, coxis, roca, cráneo, cráter y todas las durezas del tiempo. Del otro lado también golpean, forjan, se escuchan voces, trabajan la noche entera. Si me detengo, se detienen. Luego vuelven a oírse los marros, los martillos. ¿Sobre qué otras palabras torcidas? De un golpe rompo la palabra tobillo, en la punta aguda de tenacidad doy mi golpe maestro. Obtengo el hierro de una frase candente al rojo. Enseguida lo clavo en el pecho de hormigón de la noche. Pero las puertas y los portones, las rejas y los candados no ceden. Del otro lado de mí también golpean, forjan, trabajan, se escuchan voces y gritos. Si me detengo, se detienen. Luego vuelvo a escuchar los golpes como espadas que chocan, más fuertes, cada vez con más saña. No hay descanso en mi taller de herrería y forja de palabras, tercas materias que resisten. ¿Cederán esta noche?






LEJANO INTERIOR

 

Desde algún lugar algo o alguien se lamenta, escucho mi nombre como un eco. Doy vueltas y vueltas, desde hace tiempo doy vueltas y no desemboco. Voy de ningún lado hacia ninguna parte. Salgo de un corredor y me descubro en un largo pasillo. Tropiezo conmigo, con los que he sido. Ando a tientas. La salida es hacia dentro. Hay que perforar los muros. Hay trozos de piel que crujen como cáscaras bajo mis pasos, como ramas secas crujen. Voy a los tumbos. Subo escalones y bajo a los sótanos del deseo. Hay persianas que nunca han sido abiertas. Del otro lado hay abigarradas moles obscuras, aves de estridencia, la cadena de cristal del invierno comienza a engarzarse afuera. Camino de mi sombra a mi pensamiento. Deambulo por mis vericuetos inextricables, por enconadas malezas y tupidas vegetaciones. Camino y reconozco el metal de mi voz. ¡Ey!, ¿quién vive? Pero nadie me escucha. ¿Hay alguien que responda? Hay un eco y después un silencio de ciudad confinada. Afuera la noche ha lanzado sus grandes anclas de carbón. Las heridas y las culpas se lavan en casa, con el agua donde habita el escorpión se limpian, pero no se vendan. Busco el bastón de ciego de mis sentidos. Oigo los pasos de mi sangre desnuda, las olas revueltas de mi pensamiento me arrastran. Camino del lado nocturno del día. Doy vueltas sin encontrarme. Mi pensamiento no depone las armas. Me hinca, me hace preguntas y con dos dedos me pica los ojos si lo miro de frente. Sufro la tenacidad de mi pensamiento. Encerrado, voy y vengo como el felino en la espesura de sus instintos. Desde allá, donde quiera que sea allá, alguien o algo me llama, dice mi nombre. No sé si he entrado o si ya he salido.     

 

 

 

OSCURA MAREA 

 

Propicia voces, echa abajo puertas,

su labor es circular pero no cíclica,

agazapada como una felina dispuesta al zarpazo,

apostada en su errante trono de sombra,

bella que no duerme y no desea ningún príncipe,

mi sangre tiene la tibieza de una hembra en celo,

sabe parir pendencias, estallidos en las cantinas.

 

Mi sangre busca espejos sepultados, explora 

recintos sumergidos, en su vagar sonámbulo 

despierta criaturas, escucha bramidos,

abre canales interiores, pocas veces veo su cara;

es una embarcación que llega o parte,

hacia regiones donde nunca he estado me lleva,

me llama con su respiración de anfibia,

me atrae con su misterioso imán salvaje.

 

Loba en las noches de mi carne, 

perra que huella y lame mis orillas, 

víbora que me envuelve y me obsede, 

pájara que chilla y canta entre espesuras, 

gata de oscuros malabares, 

cierva en los alrededores del placer y el espanto,

sus belfos y su hocico sombríos me arrebatan.

 

Bajo la luna mi sangre cae por las gradas del sueño, 

diosa destronada en busca de sus fragmentos,

dadora de la llave de fuego, emisaria del canto, 

roja madrina de visiones;

es la hoguera en la penumbra del templo,

la ceremonia inadvertida a la que asisto cada día.

¡Qué hermoso hablar en lenguas es mi sangre!

 

Me interroga, me ausculta,

es ella quien dicta lo que desconozco,

hechicera que me conduce al otro lado,

allá donde no soy sino lo que ella me descubre,

lo olvidado, mi rostro verdadero, mi palabra enterrada, 

sepultada catedral de los instintos, 

marea circular que aparta diques, desborda estuarios,

golpea con voz indescifrable mis costas día y noche.






NOCTUMBRE DE TAMBORES

 

Tambores, tambores, tambores,

tambores de los astros, percusiones

de las mareas y de las galaxias

contra los muros, contra los edificios;

tambores de partida y de llegada,

tambores y taladros, marros y martillos,

golpes parejos de tambores

como un solo dictamen;

senderos del silencio, rutas de viaje;

tambores anunciando la aventura,

tambores que escuché en Ambato

repetidos en Samaipata;

tambores en el cruce de caminos,

en el centro sin centro,

procesión de tambores, palmas abiertas

en la cintura de la noche,

en las nalgas rosadas del deseo,

en el cuero, en el cuero de la muerte;

tambores de la lluvia,

                                   tambores de los pájaros,

tumulto de tambores del océano,

el gran tambor del mar, 

marea de sonidos y de golpes,

galope de tambores en el sueño,

hordas de percusiones,

danza de las columnas y las piedras;

los primeros orines del alba,

tambores desvelados de la sangre,

el oscuro tambor del corazón,

sol envuelto en tinieblas,

casa del fuego, granada de las llamas;

racimo de tambores que palpitan

igual que las estrellas;

                                    tambores del pantano,

áspera orgia de los sapos y de las ranas;

diminutos tambores tus pezones,

tambores en la plaza de tu vientre,

lengua caliente, herida al infinito,

tallo erguido del clítoris,

abierta rosa descarnada,

ascuas de un mar oculto,

botón de fuego que no quema,

estremecimiento nocturno, 

temblor tectónico de la carne;

tambores, tambores, tambores,

desatados tambores de la noche:

las circulares reses del insomnio

en las norias vacías de mi frente,

cruzan por las corrientes de mis ojos,

orillan pensamientos anegados;

manadas de tambores en el pecho,

tambores en parvadas fugitivos

al fondo de las venas, al fondo de tus sueños;

tambores que se ayuntan

untados por la leche de la luna,

marea circular que trae,

                                      certera y dolorosa,

las joyas de la sangre del comienzo;

tambores de las plantas;

tambores sepultados de las minas,

remolino de tumbas y tambores,

el río de tambores de los muertos,

río torpe, callado,

remolino de imágenes de la infancia,

puzle que no se volverá a juntar;

tambores sin cabeza

clavados en las picas del deseo,

guillotina en la nuca del lenguaje,

hermoso y deslumbrante filo de la noche,

estacas de palabras y de sílabas,

percusiones que nos convocan

como barcos piratas que saquean

el errante tesoro de la vida;

la fuente primitiva del comienzo;

los tambores maduros de la música,

el árbol solitario de la carne

colgado de la cresta de las llamas,

en medio de la noche 

sembrada de tambores

como labios lascivos,

                                  como frutos de jade

en fuga apenas extiendo las manos;

inciensos, danzas, bailes,

                                        rotación de los astros,

ceremonia del fuego,

                                  auspicios de la lluvia,

caracoles del tiempo ciegos;

tambores de semillas y de voces;

tambores en los sótanos, en las cavas tambores,

tambores arrojados de este lado

que golpean, que están tocando hoy hace mil años,

en Otumba, tambores en Otumba,

tambores, tambores, tambores;

rotos tambores de los grillos,

tambores roncos de los gallos,

oídos para los tambores del cosmos 

y de la sangre;

oídos en la noche, en tu cuerpo oídos.






FEU DE JOIE

 

Arrojamos al fuego nuestras ropas

Frutos recogidos en los linderos del bosque

Las duras almohadas perecieron

La mesita se unió también a las llamas

Nos despojamos de la costra de los nombres

Arrojamos al fuego lo inservible las palabras

Apenas pronunciadas vimos cómo crecía

Lo vimos extenderse en espirales

Mientras continuaba su expansión el universo

Un silencio verdinegro nos rodeaba

Más allá se oían aguas en tumulto

Como la furia de dioses genésicos

Como supernovas entrando en colisión 

Pero entorno nuestro nada era enemigo

                                                                Pero todo era acuerdo

Todo cumplía su labor aquella noche

Los árboles dormían de pie

Escuchábamos el paso de algunas bestias

Oíamos el inquietante crujir de ramas y raíces

Un vapor se levantaba del humus 

Un soplo de las sombras recorría la tierra

Algunos astros se enfilaban al cofre sin fondo del océano

La luna caminaba a orillas de los acantilados 

Como si hubiera perdido su vestido de novia caminaba 

Todo era anterior

                                   Todo era primero

Todo era originario

                                      Todo era presente antiguo

Sucedían catástrofes en los bordes de la galaxia

Había el nacimiento y renacimiento de estrellas

Existían la breve golondrina el gusano undoso la hierática lechuza    

El mundo resplandecía belleza arcaica

Frente a nosotros danzaba el fuego

Lo celebrábamos

Celebramos su danza en medio de piedras totémicas 

Nuestra desnudez enlazada era una sola frente al fuego






LA CONSTELACIÓN DEL DESEO

 

Tiene todas las formas por ti soñadas

En esta página nocturna la escribo

En esta piedra virgen la grabo

En este pedazo de negro mármol la esculpo

En esta pequeña mesa la trazo

En este lienzo de cristal la pinto

                                                    La constelación del deseo

No la busques adentro ni afuera

No está en las líneas de tus manos

Pero se parece a las líneas de tus manos 

No está en las manchas de este viejo cuaderno

Pero se parece a las manchas de este viejo cuaderno

Tú la has traído hasta aquí tú la has traído hasta mí

En las ruinas del castillo en la noche en ruinas

Nuestros pasos ciegos por senderos de arcilla

Nuestros cuerpos alejándose y nosotros tras de ellos 

Entonces me dices el nombre de las constelaciones

Con un dedo me muestras aquellas figuras

Tú las nombras con erudición trazas las figuras con precisión

Te gustan las ecuaciones del cosmos las nervaduras de las hojas

Los labios malvas del alba las germinaciones astrales

Yo vengo del sur y era testigo de esa riqueza arcana

Pero aquí en el norte son raras las estrellas raras te digo

Te pregunto si conoces la constelación del deseo

Porque tu lengua de lógicos y cogitantes es también

La alcoba donde arde el diamante y la rosa del marqués de Sade 

La constelación del deseo

                    Traza nuestros pasos

                                  Es la infinita sed padecida

                                                 Nuestra sustancia nuestro magma

El vestido de esta noche

No es pura geometría ni confederación de números helados 

No vibra como las esferas soñadas por el griego

Es otra su música otro su ritmo es otro su mandato

Es una firma de sangre una rúbrica de semen

Es un tatuaje de miel sombría en una piel blanca

Es un tatuaje blanco en una piel morena

Tatuaje grabado con mis ojos en tu brazo desnudo

 

Tú eres el harpa color de luna caída en un claro del bosque






ALBA

 

A orillas de la noche,

único habitante de la tierra,

el ruiseñor no canta,

afina su densidad de silencio.






PALABRAS/SILENCIO

 

Son ruido las palabras, ruido;

la música más bella es el silencio:

la fuente de tu voz, de tu abundancia.






***




Audomaro Hidalgo 

(Villahermosa, 1983). Es poeta, ensayista y traductor. Ha publicado, en Francia, los libros: Matière noire (Phloème, 2026), Mère saturne (Phloème, 2024), Les Desseins de l’intempérie (Finaliste Prix Mallarmé étranger 2024, Phloème, 2023) y Incision (Phloème, 2022); junto con Gaëtane Muller Vasseur tradujo En un fleuve toutes les pluies (Finaliste Prix Nelly-Sachs de Traduction, 2025) del poeta argentino Hugo Mujica; en México han aparecido los libros El río que no cesa (Bibliófagos, 2026), Los designios de la intemperie (Cuadrivio, 2024), Sajadura (Enésima, 2022), Madre saturno (SCT, 2020) y Pequeña historia de la destrucción (Círculo de Poesía, 2017) y El fuego de las noches (Instituto Estatal de Cultura de Tabasco, 2012). Ha traducido Medea y La Razón, de Pascal Quignard, así como Pequeño elogio de la poesía, de Jean Pierre Siméon. Además, construyó la antología El gallo y la serpientePoesía francesa actual. 1967-1990 (Círculo de Poesía, 2023), compuesta por 33 poetas franceses contemporáneos, 1967-1990. Poemas suyos aparecen en la selección de poetas mexicanos hecha por la New York Poetry Review (2020), en el dossier de poesía mexicana publicado por la revista canadiense Les Ëcrits (2019), en 20 años de poesía joven en México, en la Antología de poesía contemporánea. México-Colombia, en la Antología de jóvenes creadores del FONCA 2009-2010 y en la Muestra de literatura joven de México. Fue becario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico en 2011, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en 2009-2010, de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2007-2008, del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Tabasco en 2007, y del Programa Académico de la Unión de Universidades de América Latina. Obtuvo el Premio Tabasco de Poesía «José Carlos Becerra» 2013 y el Premio Nacional de Poesía «Juana de Asbaje» 2010. Estudió una maestría en Letras modernas franceses en la Universidad de Le Havre y literatura Hispanoamericana en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, Argentina. Es doctorante en cuarto año en la Sorbona. Vive en Francia desde hace casi diez años.