Los puertos del regreso - Jorge Valdés Díaz-Vélez

Llegábamos del sur. También llegaban / al mantel de la noche las heridas, / las ásperas palabras. Era inútil / convocar las imágenes dispersas, / el aroma del té, del eucalipto / donde hablaba la bruma con sus hojas, /

Los puertos del regreso - Jorge Valdés Díaz-Vélez
Jorge Valdés Díaz-Vélez




Los puertos del regreso





CASIDA

Las horas que le dan su forma al día,
a la semana, al mes y al año dejan
una capa finísima de polvo
encima de los seres y las cosas.
Es polvo que le dio vueltas al mundo
antes de aposentarse en los relojes
que guardan el final de nuestras vidas.
No hay forma de quitarlo. Ni siquiera
con la humedad que tuvo el alma
cuando quiso invocar en el desierto
el viaje de las pléyades. Recuerda:
el llanto no hace pozos en la arena
y el árbol nunca vuelve a su semilla.




CANTO DEL ALBA

Un firmamento sin fracturas
izó un lucero sobre el monte.

Ondea en silencio, iluminando
el breve asombro de estar vivo,
no el cielo roto, sino el sueño,

no la palabra, sino el signo,
no la nostalgia, sino el verbo,
no la orfandad, sino su origen.

La noche acorta las distancias.
No el ruiseñor, sino el latido.




LOS PUERTOS DEL REGRESO

detrás del mar de Salerno,
detrás de los puertos del regreso

YORGOS SEFERIS

Llegábamos del sur. También llegaban
al mantel de la noche las heridas,
las ásperas palabras. Era inútil
convocar las imágenes dispersas,
el aroma del té, del eucalipto
donde hablaba la bruma con sus hojas,
las palomas y el pino que partieron
hacia el tiempo inocente, acaso mío,
nostálgico de ciertos años, cuando
un íntimo rumor sellaba el pacto
de las conversaciones encendidas
por el aura más leve.
Qué distinto
llegar, partir de ahí, saber ajeno
el timbre de una voz al impostarse
un diálogo de sordos, de miradas
esquivas recordando a otras personas
y su digno pretérito imperfecto
con los viejos reclamos en los nuevos
rencores ya servidos. No hemos vuelto
a escuchar las memorias de la tribu
ni al amor por los símbolos ausentes,
o a tomarnos del brazo de mis padres
para vernos crecer, morir un día.
Es ambiguo pensar en formas dolorosas
y en voces que se cortan en oscuros
y arrogantes cafés de sobremesa;
es tan claro saber que ya llevamos
un silencio de púa, como nieblas
enredadas al cuello por emblema.
Fue el regreso más pródigo. En los hijos
quedará el rastro helado de la culpa
y en el fondo, extraviándose, la noche
tenaz de nuestras últimas estrellas.




POLAROID

Son siete contra el muro, de pie, y uno sentado.
Apenas si conservan los rasgos desleídos
por los años. Las caras resisten su desgaste,
aunque ya no posean los nítidos colores
que ayer las distinguieron. Entre libros y copas,
las miradas sonrientes, las manos enlazadas
celebrando la vida de plata y gelatina
se borran en el sepia de su joven promesa.
Por detrás de la foto están escritos la fecha,
los nombres y el lugar de aquel encuentro. Fuimos
a presentar el libro de uno de los amigos
que aparece en la polaroid viendo hacia el vacío.
Después se hizo la fiesta y más tarde el accidente
nos llevó al cementerio. Dijimos en voz alta
sus poemas. Los siete contra el muro, de pie,
uno leía. Todos aún lo recordamos
y casi por costumbre le voy a visitar
con girasoles. Todos hemos envejecido
menos él, ahí en la vista fija. Nos mira
desde sus 20 años, que son los de su ausencia,
con ojos infinitos de frente hacia la cámara,
llevándose un verano tras otro, aunque comience
a degradar su tono naranja sobre el duro
cartón de la fotografía.




PLOMARI

La pesada silueta de los barcos
te dijiste una vez, cuando el verano
carga con la inscripción de sus estelas.
Reventaba la luz en los olivos,
y el oleaje de sangre tras tus párpados
era entonces metáfora del alba,
la vida sin futuro y pocos años.
Mucho tiempo después, escribirías:
Partir es regresar a ningún sitio
en un bar clausurado, ante los muelles
donde atraca el olor de la marisma.
Ahora te recuerdas en los versos
que otro talló por ti sobre una mesa
mientras cruzan los pájaros rasantes
en búsqueda del aire al pie del día
y miras a estribor cómo la playa,
ese latido insomne del deseo,
vuelve tu corazón reloj de arena.




LAS PIEZAS DENTADAS

Un manojo de llaves, de repente
en un cajón, entre fotos antiguas
y un desorden de notas y papeles.
Ahí han permanecido, inadvertidas
y ajenas a las puertas que me abrieron.
No sé a qué cerraduras corresponden,
a qué casa o país daban acceso.
Aún preservan brillos de la inútil
memoria que cerraron para siempre.




PARQUE MÉXICO

Un dulce olor a primavera
entró al crepúsculo sin sombras.
Cuerpos de joven insolencia
van abrazados a otros cuerpos
debajo de las jacarandas.
Han empezado a florecer
antes de tiempo. Morirán
también sus pétalos muy pronto,
memoria en ruinas del verano
su sangre aún por reinventarse.
Pero hoy me muestran su belleza
con certidumbre, la esperanza
del resplandor violáceo y tenue
de su fugacidad perpetua.
Se adelantó la primavera.
Llegó de súbito su aroma
como la luna entre las ramas
y este dolor al fin del día.




PRELUDIO PARA CASANDRA

Ella separó las rodillas
para engastar el violonchelo
entre sus piernas. Puso el arco
en posición, como si fuera
su estado natural aquella
forma de sostener el tiempo,
de alzar los pómulos, la gracia
de acariciar el encordado.
Contra el silencio deslizó
el primer acorde. A medida
que otros brotaban, se perdía
la noche mientras la mujer
del violonchelo se inclinaba
para abrazar la exhalación
de la madera en cautiverio.
Huyó la música. Las notas
que derramaba entre las manos
se hicieron lágrimas y abismo
el corazón que nadie oía.




DE QUÉ

Tu imagen está en mis ojos
y en mi boca tu nombre.

IBN ARABI

De qué sirve la noche sin tus ojos
disueltos en la sombra, sin tu espalda
a la orilla del tacto, sin tu boca
pronunciando el azogue del espejo;
de qué sirve aguardar a que aparezcan
las bóvedas del cielo, el mar lejano
del término añoranza y el principio
del deseo; de qué sirve pensar,
soñar lo que sería si estuvieras
aquí, sobre la hondura de tus huellas
que iban tras el delirio en que volvías
a ser la vastedad que me traspasa;
de qué sirve el temblor de esta palabra
si no levanta el vuelo de tus manos,
si el aroma del río, si el murmullo.
De qué me sirve saberme sin ti.







Jorge Valdés Díaz-Vélez

(Torreón, Coahuila, México, septiembre de 1955).
Es autor de más de veinte libros de poesía publicados en México, España, Italia y el Reino Unido. Entre otros: Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Tiempo fuera (1988-2005) (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007); Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007); Qualcuno va (—edición bilingüe español-italiano, en versiones de Emilio Coco—, Bari, Sentieri Meridiani Edizioni, 2010); Otras horas (Santander, Quálea, 2010); Mapa mudo (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2011); Parque México (Sevilla, Renacimiento, 2018), Soledad en llamas (Torreón, Instituto Municipal de Cultura y Educación, 2022); Los ojos del caballo (Valencia, Pre-Textos, 2024), y Liquid Sand /Arena líquida (—edición bilingüe español-inglés, en versiones de Lou Burke y Christian Law—, Londres, Shearsman Books, 2025).
Entre otros reconocimientos se le han otorgado el Premio Latinoamericano Plural (1985), el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes-Instituto Nacional de Bellas Artes (1998), el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007) y el Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado (2011). Está incluido en numerosas antologías de poesía mexicana e iberoamericana publicadas en México y en otros países de América Latina, Europa y el norte de África. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, francés, griego, italiano, portugués, neerlandés, rumano e inglés.
Fundó y dirigió la Casa de Cultura de Saltillo, Coahuila. Como diplomático de carrera fue jefe de misión adjunto en las embajadas de su país en Marruecos y en Trinidad y Tobago, cónsul alterno en Miami, Florida, Estados Unidos de América, director del Centro Cultural de México en Costa Rica y director del Instituto de México en España, países en los que además se desempeñó como consejero de cooperación. También fue consejero cultural en Argentina y en Cuba, director de Convenios y Programas, y director de Difusión Cultural en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, miembro distinguido del Seminario de Cultura Mexicana y consejero editorial de varias revistas universitarias.