Hilda Hilst

Hilda Hilst enseña al mundo a sentir. No hay impotencia ni culpa en el mundo que esculpió con sus versos, porque el verdadero tormento no es una representación de lo divino, sino de la irresistible idea del misterio.

Hilda Hilst
Hilda Hilst

(Brasil, 1930-2004). Cuando soltamos las anclas y nos dejamos guiar por el viento, descubrimos que solo lo inesperado fija sus símbolos en la carne del tiempo, que solo la alianza más completa con el azar puede aceptar el destino como consecuencia de todo lo que amamos, de todo aquello a lo que nos entregamos. La poesía enseña a Eros a danzar. Hilda Hilst enseña al mundo a sentir. No hay impotencia ni culpa en el mundo que esculpió con sus versos, porque el verdadero tormento no es una representación de lo divino, sino de la irresistible idea del misterio. En ella, el misterio es también carnal y profano. Su tradición es la de la iluminación absoluta, donde la perfección viene dictada tanto por lo que recordamos como por lo que olvidamos. Solo el tacto —la forma y sus diseños— alcanza la inmortalidad. En ella, la creación flota en medio del desierto. Es guía e ilusión. Es el huevo diabólico del doble. Poeta, dramaturga, narradora, cronista, su obra profundiza intensamente en la relación entre erotismo y misticismo. Hilda participó activamente en la comunicación con los muertos utilizando diversos dispositivos electrónicos, incluidos teléfono, radio y computadora. Entre sus libros, destacan, en poesía: Roteiro do silêncio (1959), Da morte: Odes mínimas (1980), Poemas malditos, gozosos e devotos (1984), Amavisse (1989) y Cantares do Sem Nome e de Partidas (1995); en ficción: A obscena senhora D (1982), O caderno rosa de Lora Lamby (1990) y Estar sendo/Ter sido (1997); y en teatro: A possessa (1967), Aves da noite (1968) y O verdugo (1969).