Cuando se desmorona la noche - Fabio Cardarelli
Cuando se desmorona la noche / y no encuentro / una palabra hermosa para levantarla / un sostén que valga el corazón de un muerto / una resurrección que corte la soledad y sus raíces / se me hace indispensable / comer / con fatal ansiedad /
Fabio Cardarelli: Un sostén que valga el corazón de un muerto
No es común encontrar una poética como la de Fabio Cardarelli, de tono personal, en el límite justo entre la poesía existencial y la poesía coloquial. Y si además le sumamos un imaginario mítico, por momentos épico, y en lenguaje surrealista, el resultado es esta poesía singular, fuerte y bella, donde el sentido del poema es tan preciso como su estructura. Próximo al realismo mágico, trabaja con el cuerpo y con la naturaleza, por esta razón lo orgánico aparece en primer plano como una metáfora de la vida y de su decadencia. Entonces, entra en juego lo primitivo y lo doméstico, como dos toros que se enfrentan, un choque entre lo frágil de la condición humana y la violencia inevitable del existir.
Especial para Tres Orillas, compartimos con Ustedes los poemas de este autor argentino.
Enrique Solinas
Poemas de Fabio Cardarelli
Cuando se desmorona la noche
y no encuentro
una palabra hermosa para levantarla
un sostén que valga el corazón de un muerto
una resurrección que corte la soledad y sus raíces
se me hace indispensable
comer
con fatal ansiedad
con la torpeza del recién nacido
fibras grasas huesos semillas
el cuerpo crudo de un animal abandonado
huevos de pájaros estériles
harinas ángeles frituras
que martillen firme
y duelan
saturen el camino donde retornan
las palabras hermosas
hasta desconocerlas
hasta olvidarlas
así descanse
en su finita paz de plomo
colmado breve de su tarea primitiva
de su intención elemental
mi pequeño
e insaciable
corazón.
*
Esa mujer cocina para los dioses,
lo supe cuando la vi elevarse
en un trapecio de fantasmas
y me emocionó hasta el fin
caza animales de una selva oscura
la mixtura con hojas pecioladas
machacadas en el mortero de sus ojos
-el secreto no está en los ingredientes
sino en las combinaciones-
cuando los hombres muerden
un bocado de su pan ázimo enloquecen
y la quieren tener
de hermana madre hija
de padre o amante
o santa de cal o en una estampa
pero resbala inasible como un pez
de otros océanos
esa mujer
que ya sabe que la tierra
no es plana sostenida por elefantes
dice que cocinará para el que sobreviva
y los tontos olvidan
que solo los dioses perduran
levantan sus yelmos
agitan su escalpelo
relinchan sus bestias profanadas
y sucumben finalmente
en una guerra fría
esa mujer cocina para los dioses,
se nota sobre todo cuando mira
esa montaña de cadáveres
porque de allí
de cada una de esas partes
extrae el menú
de cada día.
Una vez
construí un hombre
Canto rodado de los ríos
tragué su viruta su escoria
cuando tallé esa madera
Equilibrio roto en el asomo de la belleza
erré su mansedumbre
su planeo de gaviota horadando
la estela de los barcos
como una canción doliente
con fuego sellé sus miembros
con fuego fijé sus huesos a la acera
con fuego ajusticié su memoria en esa calle
que lo devuelve a la Tarquinia
con el embargo del animal hacia su presa
lo disputé a la creación arrebatándolo
de un círculo de tiza
como abriéndole el pecho lo empujé contra las sombras
a esa verdad que prodiga
agua
tierra
aire.
de pie, lo puse,
de pie.
Y no soplé.
*
Ayer afeité a mi padre,
fue como un tajo profundo abrazado
al temblor de mis huesos
no tuvo las frutas de Arcimboldo en su cara
más bien, un palomar sin habitantes
sumergí su identidad en esa agua jabonosa
tuve la navaja la voluntad y su cuello
pero afeitar a un padre es
no escapar de uno mismo
subsistir prisionero en un contorno
como una flor terrible y ciega que congela el miedo
en ese smog de pelos flotando en la batea
confundió la roedura de los nombres
y afeitarlo no fue devolverle un favor
fue darnos lo que no tenemos
afeité a mi padre y me sentí
padre de mi padre
hijo de mi hijo
sangre olida finita despojada
lo afeité en ese hábito atroz de lo callado
porque en ese humo supimos encontrarnos
y la vida se mide a veces
en estas obsesiones sólidas que flotan
como la espuma de barbear sobre el agua tiesa
cuando viejas preguntas
se van cubriendo
con cenizas.
*
Mi madre
que vendió mi escopeta para
comprar una máquina de escribir
nunca me pidió perdón
la perdoné
cuando entendí
que una máquina de escribir o una escopeta es
ese tipo de herramienta
que desconoce la mano
de su amo y mata
solo cambia
la permanencia en lo estéril
y el tiempo
que dura la agonía.
*
Querida, está siendo demasiado fiel el otoño
y la sangre de las hojas caídas me salpica
deberías ver esto
alzarías tu cuerpo dormido y lo arrojarías en la hojarasca
caeríamos lastimados bajo el golpe de esta lluvia seca
veríamos la capacidad de los pájaros
en sus buches henchidos
querida, hace bastante que no soplas
tu voz en esta casa
ese vecino al que podía contarle estas cosas
ha muerto
claro que puedo hablar sólo
pero sabes que no fío de mí y temo
contarme crónicas fatales
el patio está como loco o apagado
los árboles subyugados
se niegan a abandonar sus holladuras
se animan las arañas al tiempo largo del hilado
y deberías ver esto
cómo se retuerce mi sombra en las raíces
cómo se descompone mi corazón en el elástico del tiempo
cómo me transformo en un insecto extraño
que puede acabar
enredado, final
en esa tela
*
Aprendí a leer con los pájaros
se acumulaban en los ventanales
venían chocados por la lluvia
cuando la luz permanecía ingrávida
se apareaban delante de mis ojos y
algo nuevo nacía
rompía los dibujos
un sentido tácito un elfo
una herramienta de invocación
un mandamiento
un Paraíso final
yo quería arrojarles una piedra un avión de papel
una llanura para descender a este infierno
un animal veloz
pero la mano no sabe
qué es de la tierra
o qué es del aire
y me quedaba mirando
desde mi fosa estrecha
cuando la maestra decía vamos a leer
trazaba con tiza un mapa de luz
allí donde anidaron hasta envejecer hasta morir
se abalanza intacta mi ceguera e incendia
una melancolía con sabor a palabra
así creo
así me gusta creer
que aprendí a leer
con los pájaros
*
Olí a mi hijo cada vez que nació
quien haya olido a un hijo
se hunde en su cuerpo hasta esperarlo
cuatro veces lo vi nacer y yo
que solo había escrito recetas de cocina panfletos horóscopos
me entró como sable de faquir por la nariz
el lento caracol del universo
y tembló
nacía cada vez nacía
en la penumbra de la habitación me acercaba en puntas de pie
y a milímetros de su carita dormida olía su cuerpo
su respiración
quien no haya olido a un hijo
saque urgente un boleto
al campo al mar a la montaña al supermercado casa de cambio templo obrador
o donde crea que encuentre a la esperanza
intimídela
sedúzcala
móntela con honestidad sin temor
y al cabo de algún tiempo
huela el fruto concebido en ella
olerá como mi hijo
el timón de la carne
la celebración de un verbo sucedido
el útero tibio y recuperado al fin
el poderoso amor
la sed.
*
Me volvía enamorar,
otra vez
lo cuento ahora que es temprano
que estoy viejo
que al final del día se agota mi memoria
me doy cuenta porque riego el jardín
es imposible y absurda esa tarea de no estarlo
el deseo irrumpe y conquista mis propios restos
y algo frágil o sutil
me inunda de una antigua belleza
ya sé que es triste la belleza
porque se agota
porque cabe en el vuelo del párpado
pero soy en la unidad tenue y vencido
soy tan fácil
el solcito del patio me dice
que una jornada es el arquetipo de una vida
y un té misterioso me devuelve y desperdiga
en esta mesa con mantel y silencio
no es la primera vez que me sucede
sobreviví al fundamento de sitios poderosos que no alcanzaré
pero ya no me desvelan otros cuerpos otros sitios
ni me pregunto qué otras cosas habrá
más allá de esta mesa con mantel y silencio
aprendí que el amor
es como una nube al que cada uno le encuentra una forma
y en esta ambigüedad y esta distancia
es válido
desplomarme como un dios sin esqueleto
por este corazón
que se apropia de todo
que se despoja todo.
*
Resulta más fácil meter un chancho en un poema
que la palabra chancho
las cosas que no escribimos nos desprecian
y sólo un ciego puede salvar a otro ciego
perpetrar esta suerte de estafa
incluso estropeo un poema
pero embellezco y redimo al animal
y cada palabra cumple su afonía
su liberación
la secuencia es así:
primero el animal,
hay que presionarlo
en el exacto temblor de sus costillas
hasta arrancar un sudor agrio entre sus vellos
segundo el cuchillo,
hendirlo hasta que el alarido nos recuerde
que fue sagrado una vez en otros reinos
y por último y siempre el desprecio,
que destempla el metal en cobardía
o corre el corazón de la bestia unos centímetros
o nos revela que somos matarifes enviados
para el trabajo sucio de dios
y así prolija la sentencia ejerce su fetiche y sin más
hay que cumplirla
escribo la palabra: chancho
y el que la lea
haga con este pobre animal
lo que quiera.
*
La piedra que arrojo hacia arriba
vuelve a mi mano,
desde mi infancia repito el juego.
Mi edad
cumple la trayectoria de esa piedra.
Se eleva y retrocede.
Se levanta y cae.
Al arrojarla,
reviso mis costados, debajo, arriba, detrás,
reviso animales que sangran mis días, espero
el beso invisible que habrá de salvarme, pero vuelve
la piedra vacía
a tocar mi mano.
Al arrojarla descubro que estuvo siempre
entre las cosas que levanté de la tierra y solté al aire,
que apresé en el aire y dejé caer a tierra,
y vuelve
la piedra silenciosa a golpear mi mano.
Al arrojarla me mudo de provincia, puerto, cielo, escudo, país,
pero esa piedra
acierta en mi mano su único destino.
Al arrojarla
comprendo que la soledad
tiene forma, volumen,
peso,
deseo,
voluntad.
Ya está
la piedra
en mi mano.
su insistencia
su infierno
*
Escribo animales,
sostengo sus múltiples extremidades y en la piel de su selva
los percibos. Famélicos.
Nacen sin futuro. La puerta
de hierro de mis predecesores se abre, sola. Nacen
para perderse. Suceden. Sucede.
Me quedo dormido, o distraído, o muerto
y una bestia veloz gruñe en mi arteria
Desconsolados. Arbitrarios.
Al despertar está la catástrofe. Comiéndose unos a otros.
Destrozándose. Comiéndome. Destrozándome entre otros.
Por escribirlos deficientemente
soy culpable. Unos con otros.
Uno
entre otros.
Borro
el mapa de sangre donde pueden
salvarse. Mezclo
gacelas con jaguares
roedores gatos
serpientes insectos sapos, estiran
en mi cuerpo sus músculos
fatales. Los escribo
para la fe. Para no
dilapidarme.
Como rastros mnémicos pasan sus piedras
flotando en mi garganta.
Pero sólo el animal
queda escrito, no mi sed,
-cordero,
ángel,
buey-
no su acecho
no su azar.
Mi abatida obsesión,
mi circunstancia.
*
¿Colgaste hoy la ropa al sol
e imaginaste que el viento te la lleve?
¿rotó la tierra y fue un día más o menos?
¿caminaste hacia atrás? ¿de quién
te vas a despedir entonces?
¿soplaste y sonreíste?
¿ayer alguna vez o siempre?
¿probaste la miel el corazón de algún mamífero el pozo?
¿miraste la multitud por la ventana
acariciaste el vidrio
imaginaste esas pieles?
¿tocaste el tallo de un bambú
el pelo de tus hijos
repetiste el acto y dijiste no más?
¿quién se despedirá de vos mañana?
¿cargaste tu cordero hasta la pila bautismal
lo ungiste lloraste y dijiste no más?
¿cuántas veces planeas nacer entonces?
¿jugaste? ¿hoy? ¿quebraste el remo de la memoria?
¿nadaste la casa de tu infancia
ese Paraíso húmedo y oscuro
y lo derrumbaste?
¿imaginaste el sacrificio que es perder?
¿aprendiste que ahorrar es temer a la muerte y malgastar
es tenerse fe a sí mismo?
¿abrazaste a alguien con la esperanza
de que sus huesos te traspasen?
¿les dijiste que son imprescindibles?
¿qué dijeron?
¿qué le dirás después?
¿arriaste a tus animales al último alimento?
¿y esa gente con la que comiste
el pan del secreto
la carne de la euforia
el vino de la vida?
¿les contaste cuantas veces vas a nacer?
¿se rieron?
¿no los agotó la palabra siempre?
¿no la palabra nunca?
¿de quien
vas a despedirte, hoy,
entonces?
Yo nací en un pueblo cuadrado,
sus aristas se orientaban exactas
los del naciente narraban amaneceres espléndidos
los del poniente las incertidumbres del ocaso
los del sur la proximidad de las tormentas
los del norte hacían estadísticas con los chaparrones caídos
no se hablaba del sol
su escena luminosa
su arco de oro
no existían preguntas
las mesas el cielo los fogones cuadrados
los pájaros los arbustos la fauna
las familias eran de cuatro miembros
las fiestas patronales se festejaban los cuatro de octubre
la fábrica elaboraba quesos cuadrados
en la escuela enseñaban con cubos y cajas
jugábamos al tatetí
al tejo
a los dados
desconocíamos los astros
el corazón de las manzanas
el esplendor de los ojos
el vaivén de las olas
la curvatura
desnuda
de los cuerpos
Yo soy un hombre cuadrado
Eso sí,
en mi pueblo, cuadrado,
no había estaciones prisa demora
ni ambición rencor memoria
solo el hoy
si sobraba algo ínfimo del día
lo disolvía la noche
y nacíamos al siguiente
puros
y nuevos.
Fabio Cardarelli
Nació el 8 de marzo de 1969. Su infancia transcurrió en un pequeñísimo pueblo del sudeste cordobés (Ana Zumarán) hasta los doce años, cuando su familia se trasladó a Villa María. Actualmente vive en la ciudad de Villa Nueva. Publicó los libros de poesía Donde la piedra es pájaro (1986) y Bis (1990) ambos como ediciones autogestionadas. Sobrevino una larga etapa alejado de la escritura (aproximadamente veinticuatro años), para retomar con La breve recompensa (2016, Dinamo Poético editorial) y Truco de espejos (2017, Lago editora).Recomendaciones para un eterno descanso, obtuvo una mención en el Premio Literario Provincia de Córdoba en 2018.