Agua rápida - Jaime Huenún

Tal vez me quede solo / en la arena inexistente, / templado por la luna, / soñado por islas lejanas, / durmiendo sobre piedras / que cantan y callan bajo el sol. /

Agua rápida - Jaime Huenún
Jaime Huenún




Jaime Huenún



Agua rápida






¿Qué vale más,
tu caída
o la dura tierra
donde caes?
¿Qué duele más,
la montaña inalcanzable
o el lento camino a casa?
No hay cabeza libre
bajo el ramaje de los árboles
ni ojos que se sacien con el agua
del amor.
Mira el desesperado
y ardiente cielo isleño
rodando entre las rojas
aves de la noche.


*


Todos nos iremos con la tempestad,
todos perderemos la visión
a punta de relámpagos.
El rostro del amor se quedará en el viento,
la casa y la parroquia
serán un rápido reflejo
en el agua torrencial.
La rabia flotará como un sauce desraizado,
el cariño de los perros huirá
a las más lejanas cumbres.
Cantará la noche sólo para ti,
oh, querido loco,
oh, perdido animal
sobreviviente.


*


Tal vez me quede solo
en la arena inexistente,
templado por la luna,
soñado por islas lejanas,
durmiendo sobre piedras
que cantan y callan
bajo el sol.
Tal vez me quede solo
sobre el oscuro mal del tiempo
como un halcón desplumado,
libre de la niebla, libre de la altura,
y del perfumado aire
de los montes azules.


*


Puedes vender recuerdos en este muelle,
sacarlos de tus ojos, del canto de los pájaros,
de tu sexo borracho de ginebra.
Puedes bailar recuerdos frente a este mar agotado,
viajar en esas barcas detenidas sobre el aceite industrial.
Puedes soñar que no estás, que tu mano acaricia,
que tu boca besa, que tu pelo es aún joven
en el nublado viento del atardecer.


*


Fui el bastardo que consoló a los árboles,
el pequeño perro que no huyó de los disparos,
un poeta sin palabras ni sombras ni alegrías
que lloró sobre las piedras y el polvo
y rodó sobre el oro y el mármol
como un ebrio harapiento
sin perdón, sin dolor
alejado de todo regazo,
abrigado por un vano corazón traicionado.


*


No te quedes en casa.
En la raíz del sol
escuchamos el eco de la ciudad,
el silbido de las nubes
que van borrando el día,
el rostro de los muertos
en la corteza de los castaños.
No te quedes en casa,
no te quedes en la palabra noche,
en el oculto quejido del amor
que aflora en los cementerios.
Abre el portal del sueño,
el sucio ventanal del amanecer
y cruza esa blanca manada de animales
que beben el primer rayo de luz
en un lento río que desaparece.


*


Para vivir enciendes las velas,
el viejo resplandor del polvo.
Recuerdas tus gatos muertos,
el mundo en los fogones
que arden a medianoche
en la neblina aldeana.


*


Cuando el cuerpo cae por su propio peso
y la muerte es una pluma en el aire
y el amor una sombra en el agua rápida,
la memoria insiste en dar luz y voz
a un montón de imágenes rotas.


*


Sólo lo que a veces recuerdas
puede ser de nuevo convocado,
como el cauce veraniego
que añora los antiguos torrentes invernales.
La palabra en la boca
dibuja en el aire
el rostro de los hechos,
la imagen de los nombres
que cruzaron brevemente sus destinos.
Arde la memoria que no pudo escribir
la pasión, la desdicha, el abandono,
sólo la melancolía de un parque solitario
y un camino de bajada
frente al río invisible de la ciudad.


*


Una niña oriental
me mira en el metro.
¿China, coreana, japonesa?
Las miradas se cruzan
sin idiomas ni razas.
El exilio y el viaje
en dos vidas distantes.


*


Como un blanco secreto
huye el amor
de quienes fríos yacen
bajo los puentes.
Se escucha el tren del sur
sobre las negras nubes,
el agitado canto
de los bohemios.
Los viejos cargan cellos
hacia barcos rugientes.
Monedas brillan, caen
como hojas al barro.
Y el agua nos alumbra
en los quietos ojos del mirlo.


*


No hay lectores en el cielo, la tempestad
es siempre imaginaria y el amor
un enemigo común.
El adorable sol de los niños,
salado como el mar matutino,
ilumina tus ojos y te hace estallar
en cantos, en danzas celestiales
que acompañan
la iluminación del abismo.
Lo que no se pudo tener
se barre con la escoba del tiempo, se bebe
en la sangre entumecida, se incendia
en los rayos que arden
en áureas ciudades antiguas.
Lo que no se pudo tener, ese
olor cariñoso, esa desaparición,
esas vastas meditaciones que se escriben
para los pájaros y los perros
que yacen enterrados
bajo la lluvia y la neblina.
No hay lectores en la tierra, en las raíces
del destino, las palabras
son imaginarias
como la luz de los cuerpos que se alejan
para poder respirar.


*


Bajo tierra escuchan los chanchitos de tierra,
quietas larvas que se nutren de estrellas y rocío.
Bajo el cielo las grises bandurrias graznan
y florecen rosados los manzanos de la China.
Mas la muerta no escucha el corazón de su deudo,
las rancheras que cantan en la cárcel cercana,
ni las voces de parientes que limpian floreros
y agradecen la blanca y tibia brisa del sol.




***



Jaime Huenún

(Valdivia, Chile, 1967). Estudió Pedagogía en Castellano en el Instituto Profesional de Osorno y en la Universidad de la Frontera en Temuco. Entre sus libros destacan: Ceremonias (1999), Puerto Trakl (2001), Reducciones (2013) y La calle Mandelstam y otros territorios apócrifos (2016). Fragmentos de su poesía se han publicado en revistas y antologías nacionales y extranjeras. El 2003 obtuvo el premio Pablo Neruda de poesía otorgado por la Fundación homónima. A fines del mismo año, compila y antologa el libro Epu Mari Ulkantufe ta FAchantü/ 20 poetas mapuche contemporáneos (Lom ediciones). El año 2005 obtiene la prestigiosa Beca Guggenheim otorgada por la Fundación Simon Guggenheim de Nueva York. Parte de sus textos poéticos han sido traducidos al inglés, italiano, catalán, portugués y croata, y han sido publicados en antologías de poesía chilena y latinoamericana.




-Jaime Huenún
Agua rápida
Das Kapital ediciones
Chile, 2024